Ni un segundo sobre la acera

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Por José Carvajal / @caracasapie

De sólo pensarlo dan palpitaciones: imaginemos por un momento las aceras de Caracas libres de vehículos (carros, motos, camiones, autobuses, patrullas). ¡La ciudad sería otra! A pesar de lo golpeadas que están las aceras, llenas de huecos, con desniveles, promontorios, restos de viejo mobiliario, postes y casetas telefónicas atravesadas, a pesar de la pichirrez con que han sido producidas en su mayoría, la ciudad sería muy diferente a la que vivimos.

La inmensa mayoría de sus habitantes, que se desplazan a pie, podrían hacerlo sin bajarse a la calzada, corriendo el riesgo de ser arrollados, y sin apretujarse entre las hendijas que dejan los vehículos estacionados sobre las aceras. Lo sorprendente es que la única inversión para lograrlo sería hacer cumplir la norma, algo que ya está previsto y presupuestado.

Solemos imaginar costosas campañas publicitarias para rescatar “valores ciudadanos”, pero a la par se hace poco o nada en relación con el cumplimiento de la norma (llamar la atención y castigar institucionalmente a quien la infringe), lo que hace de tales campañas parte de ese perverso “como si” transformáramos la realidad que deja intacta la anomalía y refuerza esa aberrante percepción de “¿viste?, es que eso es imposible cambiarlo en Caracas”. Está planteado un cambio cultural de gran magnitud, pero no por lo que costará en tiempo, esfuerzo y recursos, sino por la dimensión misma que ese cambio implicaría.

Cualquier campaña debe reforzar la idea de tolerancia cero en el momento de hacer cumplir la norma. “Es un momentito nada más, señor fiscal, entrego este sobre y me voy”, dice el señor con su corbata; “¿me va a multar?, entré apenas un minuto a comprar pan”, dice la señora perfumada; “estoy esperando al doctor que está en una reunión en este edificio”, dice el escolta; “¿dónde me paro entonces si tengo que entregar este paquete?”, dice el motorizado.

¿Hay una sola razón que justifique que los alcaldes de esta ciudad no hayan asumido su obligación de hacer cumplir esa norma? No sirve tener decálogos o montar operativos eventuales. Los derechos del peatón, o son permanentes o no son derechos. No se puede conformar un municipio con ser el que defiende más al peatón del abuso de los conductores o vanagloriarse porque tiene la mayor cantidad de metros cuadrados de espacios públicos recuperados si en muchas de sus aceras (¡el más elemental de los espacios públicos!) permiten estacionar vehículos impunemente.

Claro, estos servidores públicos crecieron en Caracas, han sido parte de esa amarga tradición de arrebatar el espacio a los viandantes, y ahora la costumbre los traiciona. No asumen radicalmente el compromiso de superar esta infamia, entre otras cosas porque implicaría ponerse de acuerdo para darle el espacio que merecen las otras formas de movilidad. Implicaría restarle espacio al automóvil y en el fondo, en una sociedad de privilegios y complicidades tan fuerte como la nuestra, eso asusta. Asusta meterle mano en serio al transporte de superficie o imaginar parques y urbanizaciones abiertas. Asusta una ciudad tan distinta a la que hemos venido macerando.

Mientras las autoridades se toman su tiempo para asumir su responsabilidad histórica con la ciudad, los ciudadanos pueden ir venciendo su propia mala costumbre. El conductor que se estaciona correctamente en la acera, el que lo hace dos o tres cuadras más lejos del lugar al que se dirige o aquel que deja su vehículo en casa de vez en cuando. Y el viandante resignado podría abrir los ojos y exigir siempre al que estaciona en la acera que se baje, reclamar su derecho, su espacio.

Sonará banal, pesado, pero ese sería un cambio trascendental, que dispararía el deseo de romper con otras formas de violencia normalizadas. No esperemos ni un segundo más.

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