Música, una salida para niños desplazados por la violencia en Colombia

Crédito de imágenes: www.lamerced-caldas.gov.co
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Con el río Atrato como marco de sus madrugadas, Jhonmar Sobricama Chamarra y Filadelfia Carpio Sobricama, dos niños de la comunidad Waunaan, del Pacífico colombiano, esperan con anhelo el momento de ir a sus clases de música en Quibdó, capital del departamento del Chocó.

Los dos chicos, de 17 y 14 años de edad, respectivamente, llegaron a la Fundación Nacional Batuta hace tres años animados por sus padres, quienes quieren forjar para sus hijos por medio de la música un futuro diferente al que a ellos les ha tocado.

“Somos de la comunidad Waunaan del Medio San Juan, (municipio selvático a 75 kilómetros de Quibdó), pero de allá mi papá tuvo que salir desplazado por la guerrilla en el 2006″, manifiesta a Efe Jhonmar en un español que habla lentamente para poder organizar las frases que quiere expresar.

Para estos niños, que tienen como lengua materna la “maach meu”, la Fundación Nacional Batuta, del Ministerio de Cultura de Colombia, es también un espacio para el aprendizaje del español.

“Yo estaba un poco chiquito, tenía como nueve años (ahora tiene 17), por eso ahora estamos aquí, cerca del río Atrato en donde hay unas 20 familias, pero no tenemos casas de material (ladrillo y cemento), sino que son de madera y plástico, no está todo forrado, es como estar afuera”, comenta.

Desde la llegada a la capital del Chocó, los familiares del joven indígena obtienen su sustento haciendo artesanías, pulseras, aretes y otros adornos de chaquiras (pequeñas cuentas o abalorios), actividad que van enseñando también a sus hijos y que se convierte en un trabajo familiar.

Aunque Jhonmar Sobricama está en octavo año escolar, reparte su tiempo con las clases de xilófono, flauta y coro en la academia de Batuta, que mediante el programa “Música para la reconciliación”, promueve la inclusión social de niños y jóvenes, en su mayoría afrodescendientes e indígenas víctimas del conflicto armado.

“Llevo tres años en Batuta y quiero seguir mucho tiempo más; aquí me siento muy bien, es algo que quiero hacer hasta grande, no sé cuánto tiempo me llevará esto, pero voy a seguir mucho más”, asegura Sobricama, quien agrega que no le importa caminar media hora o más desde su vivienda hasta la academia musical.

“Yo camino más de media hora para llegar hasta aquí, en tierra porque la carretera no es pavimentada, pero no me importa, yo quiero estudiar música apoyado además por mi papá y he invitado a mis hermanos y a mis primos para que también lo hagan”, agrega.

Y el consejo lo escuchó Filadelfia Carpio Sobricama, una de sus primas, quien tiene 14 años, pero su rostro y figura pequeña reflejan menos edad.

Más tímida que Sobricama, Carpio dice llevar el mismo tiempo que su primo, tres años, asistiendo a clases de coro y aprendiendo a tocar flauta, además de pensar en llegar algún día a formar parte de la orquesta que hoy funciona en la academia.

A ambos los une la humilde vida que han tenido que vivir, así como el desplazamiento de sus familias presionados por grupos al margen de la ley.

“También somos desplazados por la violencia, aunque yo no me acuerdo mucho, pues estaba muy pequeña, como de cuatro años, cuando mis papás debieron salir del Medio San Juan”, señaló a Efe la joven.

Por eso ella no sabe de resentimientos, ni de violencia, solo piensa en sus estudios escolares y la música. “Yo quiero ser artista y sé que con ayuda de Batuta voy a poder cumplir mi sueño”, comenta Carpio, quien señala que otras tres hermanas suyas también asisten a clases de música y forman parte de los cerca de 15 niños de comunidades indígenas que se han dejado atrapar por las notas musicales.

“Es muy gratificante trabajar con ellos por el entusiasmo con el que vienen a las clases aunque vivan tan lejos y les toque caminar mucho”, manifiesta por su parte la trabajadora de gestión social de la Fundación Batuta en Quibdó, Oliva Rentería.

La funcionaria añade que con la música estos niños han encontrado un estilo de vida porque además realizan actividades psicosociales. “Todo les motiva porque son clases dinámicas donde juegan, dibujan y eso les genera creatividad, pero lo mejor es que aprenden a socializar con los demás”, afirma.

Fuente: EFE

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