Mi memoria y mis cuentas

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Por José Carvajal / @caracasapie

I

Necesito encontrar lentes para la presbicia. No para revender, sino para mi. A cada tanto los que tengo se rompen. Renovarlos es cada vez más complicado y costoso. Suelo comprar de esos que cuelgan del cuello, los que se separan y se juntan con un pequeño imán y que tanto sorprenden a mis hijos, pues parecen mágicos: ahora rotos, ahora enteros. Los que en este momento uso están rotos de verdad. Antes los conseguía con facilidad en cualquier farmacia. Los primeros que compré, varios años atrás, costaron alrededor de 70 bolívares. A finales del 2013 compré otros en algo más de 160. Los últimos, hace unos cinco meses atrás, costaron cerca de 400, pero como dije, ya están rotos. Se quebraron atrás y toca reponerlos.

Dicen que el que busca, encuentra, pero yo no lo he logrado. En parte porque no hay en las farmacias a las que logro ingresar, en parte porque me ahuyentan las colas a las que no lo logro. Por ahora, los que tengo están remendados con tirro amarillento (algo similar pasa con el retrovisor externo de nuestro carro, cuyo repuesto no aparece). Los llevo desfachatadamente, como si fuesen un emblema o una protesta. Algunos me miran raro, se incomodan, pero he decidido no ocultar lo que se hace evidente por la fuerza de los hechos. No pienso andar por la vida sin poder leer de cerca, pero tampoco perder demasiado tiempo de mis andanzas urbanas en esa búsqueda. El tirro queda como evidencia de un malestar, hasta nuevo aviso.

II

Cuando finalmente entro en una farmacia, aprovecho y me asomo en el anaquel del acetaminofén y el paracetamol. El pediátrico se nos acabó hace rato. Pero esta vez me toca buscarlo obligadamente, mi hijo tiene fiebre y le duelen las articulaciones. En cualquiera de sus presentaciones suele ser económico, pero no hay. Tampoco se consigue repelente de insectos, pensando en la necesidad de evitar la multiplicación en casa de ciertos virus de moda. El que menos nos disgustaba (de los repelentes) era un gel a base de sábila que desapareció de los anaqueles hace dos o tres años. Como no nos gustan las plaquitas (por cierto, no recuerdo haberlas visto últimamente en los anaqueles del supermercado), hemos probado algunas alternativas caseras.

Hemos mezclado alcohol con clavos de olor (“de especias”), que untamos en nuestros cuerpos. También probamos con limones picados a los que les enterramos estos clavos. Parece que funciona, pero su radio de acción es mínimo. Tendríamos que hacer una intervención importante por toda la casa y embadurnarnos a cada tanto con la mezcla casera. Después de estos intentos hemos decidido adquirir nuevamente una raqueta, de esas que parecen de tenis pero que en realidad descargan electricidad sobre los menudos cuerpos de los zancudos. Los mejor alimentados se vuelven chicharroncitos que la gata devora con gusto (nada mal: el alimento para gatos está costosísimo).

III

Como si fuesen manifestantes, en casa los zancudos se aglomeran siempre en los mismos puntos, sobre todo alrededor de los percheros, es allí donde aprovechamos para achicharrarlos. Es sencillo: nos acercamos después de un rato de reposo (de ellos), esperamos que se acumulen, los “despertamos” y comienza el exterminio. Los que no logramos electrocutar en el sitio los perseguimos y de a poco los vamos acabando. Siempre queda uno que otro, pero al menos hemos disminuido el índice de riesgo de picaduras de 70% a 20% (el dato es criollo style: al ojo por ciento). El problema es que esas raquetas suelen ser enclenques, se desarman con facilidad. En eso no ocultan su origen: son chinas y parecen formar parte de esa legión de juguetes de baja factura que conocemos desde hace décadas.

El problema es que con todo y que tenemos excelentes relaciones con los chinos, éstas también están escasas. Solían encontrarse con los buhoneros de la autopista o en cualquier almacén chino. Pero tengo rato sin verlas en la autopista y yo, que pateo mucho Caracas, puedo decir que están esquivas. Cuando averiguo, los chinos ponen la misma cara que pone el portugués del abasto cuando le pregunto por el maíz en lata. Son difíciles de encontrar, igual que mis lentes de presbicia. ¿O será que no las veo porque necesito otra fórmula para mis lentes?

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