Los asesinos del gobernador Aguinagalde (II parte)

AGUINAGALDE_1

Por Juan José Peralta

Hasta al padre Macario Yépez se le acusó de haber participado en aquel horrendo crimen que conmovió a la ciudad, pero en la sentencia emitida del juicio realizado entonces, el sacerdote fue absuelto de todo cargo.

Los barquisimetanos rechazaron la calumnia levantada al padre Yépez, a quien creían hombre probo, apegado a la fe cristiana y los principios de su doctrina religiosa, víctima de las intrigas de sus detractores en los arrebatos del fanatismo por la marcada polarización de entonces entre oligarcas y liberales.
Yépez sería famoso después por traer desde Santa Rosa, el 14 de enero de 1856, la imagen de la Divina Pastora para pedirle detener la epidemia de cólera que azotaba a la región y así nació la tradición de todos los comienzos de año que moviliza millones de creyentes en la repetición de la peregrinación a Barquisimeto de la venerada imagen, hasta regresar antes del Domingo de Ramos, tras recorrer las parroquias e instituciones en baño de fe de elevada relevancia religiosa y social.

Hay que agradecer a los dueños de la heladería instalada recientemente en la esquina de la carrera 19 con calle 22, en la acera norte, la recuperación de la placa colocada el 12 de noviembre de 1993, recordatoria de que allí funcionó la gobernación del estado Lara “y el día 12 de julio de 1854 fue asesinado en su despacho el prócer de la independencia Martín María Aguinagalde, obra del encono personal y de las luchas personalistas”.

Según narró Juan Pablo Lara, al mediodía de aquel 12 de julio se escuchó un alboroto por la plaza con estruendos de cohetes y gritos. Él tomó una espada del cinturón que estaba sobre una silla y Aguinagalde empuñó dos pistolas y salieron a hacerle frente al grupo de alborotados que entró en tropel a la casa del gobernador.

Identificados después como “unos pobras diablos”, Nemesio López, José María Vásquez y Torcuato Pérez, entre frases soeces y obscenidades entraron a la fuerza al despacho y con sus cuchillos apuñalaron al mandatario regional y su amigo José Parra, muriendo ambos y resultando herido su cuñado Pedro Planas.
Así concluyó la carrera política de Martín María Aguinagalde, ciudadano noble de recto proceder, según crónicas de la época.

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