Lo triste de la cola

Crédito de imágenes: Reuters
Colas-EFE

Por José Carvajal / @caracasapie

En vez de ir a caminar temprano a un parque, respirar el aire fresco de la mañana, escuchar cómo despiertan los pájaros a la ciudad; mucha gente madruga y se alista para esperar varias horas en la entrada de un comercio (farmacia, supermercado, abasto, tienda de electrodomésticos) hasta que abran, porque quizás ese día “estén dando” algo que necesitamos (o que se puede revender). Algo que nos dé la sensación de que el dinero que tenemos entre nuestras manos no se nos escurre como arena a causa de la inflación, que madruga más que todos.

En vez de ir a colaborar en el mantenimiento de la escuela de sus hijos, o hacer un censo de árboles en peligro en su urbanización o en su calle, o una movilización para exigir seguridad en la cuadra, la gente se ha visto obligada a cerrar filas ante una santamaría.

Y aunque muchos intentamos no caer en esta perversa dinámica, tarde o temprano nos vemos forzados a ello. No hay dudas que a este país lo retrotrajeron a la era de la caza y la recolección, pero no bajo régimen de repartición colectivista, sino bajo la lógica siempre imperante del sálvese quien pueda. El más apto (o el más vivo) encuentra, el más pendejo se lamenta. Una práctica que exige de nosotros cada vez más tiempo y energía. Más sentido de la oportunidad y más oportunismo.

Nos hemos visto obligados a ir escaneando con rapidez las bolsas de los transeúntes en la calle para saber si hay algún producto de interés, en algún local cercano, en vez de prestarle atención a los lugares, los detalles de nuestro entorno. Preferimos husmear en la compra del otro y no en el otro mismo.

Tanto patetismo, claro, no es producto exclusivo de estos 16 años. El ahora sólo ha exacerbado una forma de convivir e interactuar. Dudo mucho que el venezolano sea hoy mucho más solidario, menos individualista, más consciente del nosotros. Apenas hay tendencias, discursos desconectados, giros que reclaman algo sensatamente diferente, en peligro de extinción en medio de esta locura.

En vez de articular ese malestar de muchos (¡aunque algunos reivindican su derecho o su deseo a hacer la cola como forma de ratificar su condición política!), se debe de presionar para que se definan políticas que ataquen la escasez estructuralmente, y no con operativos aquí y allá.

En las colas “socialistas” algunos celebran la llegada de los productos. Y aunque le caigan al pollo como cunaguaros frente a los ministros, reviran ante los que los señalan de clientes del subsidio estatal.

En las colas “de oposición”, entre amargura y delirio, se pronostica sobre el petróleo, el dólar y la duración “del régimen”, pero igual corren como fieras cuando aparece la leche en polvo.

Lo triste es que, por igual, nos hemos ido acostumbrando a las colas y a comprar lo que finalmente hay. Se han afinado complejas estrategias de adaptación en medio de tanto disparate, creando redes de alerta temprana ante la aparición de ciertos productos, cosa que no hemos logrado hacer en materia de seguridad ciudadana.

Estamos desperdiciando nuestro tiempo, el bien más preciado que tenemos. No desde la lógica productivista sino desde la contraria: utilizarlo a voluntad (¡inclusive perderlo!) en lo que cada quien necesite o decida.

Se nos está yendo de las manos, en nombre de una idea que algunos juran es el futuro, o en contra de esa idea que otros asumen del pasado.

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