Juan Ramón, Pablera y el fiel lazarillo

Crédito de imágenes: Archivo
CURARI_CORTO

Juan José Peralta

El año pasado se cumplió un siglo del nacimiento de Juan Ramón Barrios, músico, poeta, pintor, locutor y médico veterinario y cómo es natural en estas tierras de amnesia colectiva, su fecha pasó en el olvido acompañada del desinterés, la desidia y hasta la ignorancia de quienes se dicen dirigentes de la cultura.

Los mismos que corren a rendir honores a forasteros que quizás les dan más prestigio y hasta algunos “realitos” por reconocimientos injustificables, como el otorgado al salsero Oscar D´ León cuyo nombre pusieron a un bulevar barquisimetano obviando a los nuestros, como el mismo Barrios.

Juan Ramón nació en Barquisimeto el 6 de enero de 1914, hijo de Leonardo Stulme y de Catalina Barrios. En el Liceo Lisandro Alvarado conformó el Trío Alegría, con Nelson José Aguilar y Jesús Morillo Gómez. Se va a Caracas donde crea el Trío Universitario con Miguel Dorante y Adolfo Alayón, precursor del Trío Curarí”. Barrios, a la izquierda, egresó en la primera promoción de médicos veterinarios de la UCV con los máximos honores.

Lo han llamado el cronista musical de Venezuela pues a cada capital de estado le compuso una canción, cada una cual más bella.

Contaba Irma Yajure que una tarde cantaba Juan Ramón Barrios con sus amigos y su inseparable guitarra serenatera algunas de sus mil canciones legadas por este trovador y médico veterinario al repertorio musical larense –según cuenta de Miguel Azpúrua–, cuando al terminar de interpretar Pablera, un joven solitario que se hallaba en una mesa se acercó para pedirle repitiera esta canción. Con mucho gusto, respondió sonriente el artista barquisimetano.

Al concluir, el agradecido joven le dijo, “aquel fiel lazarillo que fue su compañero, que oye siempre en las noches el silbido del cielo” de su canción era yo, quien lo llevaba por la ciudad siendo un niño. Mientras Barrios lo escuchaba con atención, el joven prosiguió. Es verdad, “su cuatrico se queja colgado allá en la choza y en las noches solloza, porque murió Pablera”.

Conmovidos, ambos se abrazaron y juntos lloraron por la memoria de aquel ciego que recorría las viejas calles barquisimetanas con su cuatro “silbando en cada puerta, con su sonrisa buena de músico y poeta”.

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