Francisco busca cerrar una herida de diez siglos que empezó a curar Pablo VI

En la primavera de 1964, Pablo VI realizó una peregrinación que dejó dos hitos en la historia: se convirtió en el primer papa en visitar Tierra Santa desde tiempos de Constantino, y en el primero en mantener un encuentro ecuménico con el Patriarca greco-ortodoxo en Jerusalén, en aquel tiempo Atenágoras.

El pasado enero, cincuenta años después, al anunciar su decisión de seguir los pasos del llamado “papa peregrino” y rezar en la tierra donde nació el cristianismo, Francisco advirtió de que la huella de aquel periplo y el recuerdo de aquel retazo de unidad condensan la esencia de su viaje.

“El principal propósito de este peregrinaje de rezo es conmemorar el encuentro histórico entre el papa Pablo VI y el patriarca Atenágoras, que tuvo lugar el 5 de enero, hace hoy exactamente 50 años”, afirmó.

Atenágoras era entonces el patriarca ecuménico de Constantinopla, elegido en 1948 y muerto en 1972, y su encuentro con el hombre que zarandeó ciertos cimientos de la Iglesia Católica fue interpretado como un “gran abrazo” entre los dos grandes mundos cristianos distantes durante siglos.

La escisión entre Roma y Constantinopla se completó con el conocido “Cisma de Oriente y Occidente” (1054) y supuso el punto de partida de una desavenencia que se agudizó a partir del siglo XVI y que 400 años después aún persiste.

Unas discrepancias que Francisco tratará de limar con el actual patriarca, Bartolomé, el próximo 25 de mayo, cuando ambos repitan el encuentro ecuménico de sus predecesores en la Basílica del Santo Sepulcro, en la ciudadela antigua de Jerusalén.

El acto tendrá por objeto conmemorar el cincuentenario de aquel “abrazo”, el primero entre los primados de ambas Iglesias desde 1439, y avanzar hacia una unidad “que el papa ansía”, explicó a Efe el padre Jamal, uno de los organizadores del viaje.

La Iglesia Católica Ortodoxa considera al Concilio Ecuménico como máxima autoridad de las iglesias bajo su influencia, de ahí que su representante sea el patriarca ortodoxo.

La Iglesia Católica tiene su sede en Roma y designa al obispo de esta ciudad sucesor de San Pedro y papa.

El encuentro entre Pablo VI y Atenágoras en la sede de la delegación pontificia en Jerusalén sirvió entonces para revocar los decretos de excomunión mutua lanzados con el cisma y para abrir el camino a la restitución de reliquias como las de San Saba.

Gestos como el padrenuestro rezado en común en latín y griego fueron considerados un punto y aparte en las relaciones de los dos mundos, y sirvieron para acometer el deshielo y emprender el pedregoso camino hacia el acercamiento.

“La finalidad del Papa era encontrarse con el representante de los orientales ortodoxos, el Patriarca de Constantinopla, un “primus inter pares”, primero entre los iguales”, explicó a Efe el fraile español Artemio Vítores, veterano representante de la Custodia franciscana de Tierra Santa.

Precisamente el Convento de San Salvador, sede de la Custodia y enclaustrado en la antigua Jerusalén, alberga estos días una exposición fotográfica sobre aquella histórica visita a Tierra Santa y que da una idea de la importancia de aquel inaudito peregrinaje papal.

“Pablo VI fue oficialmente el primer papa que vino a Tierra Santa después de San Pedro, que partió de aquí”, afirma Vítores antes de recordar que durante siglos el Santo Padre apenas salía de la propia Roma.

El papa Montini, que recorrió medio mundo durante su papado, realizó una visita de tres días con paradas en el río Jordán, Jerusalén, Galilea y Belén, con una agenda con “menos compromisos políticos” que los que tendrá Francisco, pero con numerosos momentos en los que “la gente pudo verle y tocarle”, aclaró.

La exposición incluye fotos de lugares como el Santo Sepulcro, la Basílica de la Natividad, un sitio bautismal junto al río Jordán, o el encuentro con el patriarca griego, y en varias de ellas se aprecia la expectación creada entonces entre los medios de comunicación y curiosos.

“La finalidad de la visita, sin duda, era el ecumenismo y de hecho, aquí se inicia el diálogo con los ortodoxos griegos del que ya se habían sentado las bases en el Concilio Vaticano II por Juan XXIII”, recuerda el religioso, miembro de una orden que custodia los Santos Lugares desde hace 800 años.

Desde entonces, y pese a que las disputas entre las diferentes denominaciones cristianas en torno a lugares como el Santo Sepulcro o la Basílica de la Natividad suelen crear titulares de tanto en tanto, el cisma entre la iglesia oriental y la occidental comenzó a resquebrajarse.

“Puede que haya rivalidad, pero la gran cosa es que el último fraile al que le abrieron la cabeza con un candelabrazo fue un franciscano en 1927, en Belén”, concluye con alivio el padre Artemio.

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