El líder perfecto

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Liderazgo es un concepto, una palabra de amplio y extenso uso en los tiempos que corren. Hablamos frecuentemente de la necesidad de un ‘liderazgo’ para salir de la(s) crisis que vivimos, de la falta de ‘liderazgo’ en sectores clave de la vida nacional, de ‘liderazgos’ positivos y ‘liderazgos’ negativos, de nuestra eterna espera por esa figura de ‘liderazgo’ que venga con un carisma mágico, un verbo florido, valores impecables, preparación a toda prueba, empatía, gracia, sensibilidad, honestidad, fortaleza y un compromiso mesiánico con la idea de resolver todos nuestros problemas y circunstancias.

Una buena y una mala noticia respecto a esta aspiración que guardamos en nuestro corazón. La mala: difícilmente una figura humana podrá contabilizar en sí todas las cualidades necesarias, las oportunidades, contar con los dones de ubicuidad y magnificencia para liderar la salvación de todos a un tiempo. La buena: podemos repartirnos pedazos más viables y reales de esa responsabilidad, y asumir cada uno de nosotros una pequeña parcela que, sumando, complete el paisaje de salvación al que aspiramos.

Liderazgo personal, en cada uno de nosotros, independientemente de cuál sea nuestro quehacer o nuestro escenario. Liderazgo en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestra comunidad. Liderazgo en nosotros mismos, para ordenar y conducir con éxito hacia nuestras metas, los propios recursos emocionales, psicológicos, físicos, éticos y espirituales con que contamos.

El líder en mí

Nuestra capacidad de liderazgo parte del reconocimiento que hagamos de que cada uno de nosotros tiene el potencial para liderar, a su propia manera y desde su propio criterio, en una circunstancia determinada. No es un tema de ‘elegidos’, es un tema de quién da un paso adelante en un momento determinado. El líder que pretenda llevar las riendas en todo momento, en toda condición y ambiente ha dejado de ser el motor, el dinamizador de su colectivo, para convertirse en una mera estatua erguida a lo que una vez fue la esencia de su liderazgo. El verdadero líder entrega espacios, empodera a otros, da preeminencia a los objetivos del equipo por encima de su estatus de jefe de la manada. Asegura el crecimiento de la visión colectiva, y la fortaleza de las generaciones de relevo.

Ese liderazgo visionario, inspirador y lo suficientemente valiente para entregar el testigo a quien avanza a su lado, cohesiona las familias, fortalece las organizaciones y nutre las sociedades. De su mano, saldremos más sólidos como equipos, más sanos como personas, robustecidos como ciudadanos.

Nuestros tiempos demandan con urgencia y pasión liderazgos de esta naturaleza. Liderazgos que nos ennoblezcan en la lucha por la equidad, la justicia y la paz. Liderazgos que nos conecten con el ser humano, el respeto, la aceptación del otro, la compasión, la humildad ante el entorno. Liderazgos que nos abran los ojos sorprendidos ante la innovación, la creatividad, y nos sirvan el futuro en bandeja de posibilidad.

Por Dunia de Barnola/ @duniadebarnola y @vzlacompetitiva

 

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