El Doctor José Gregorio Hernández: El médico de los pobres de Caracas

Crédito de imágenes: AVN//
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Por Guillermo Durand

Hace ciento cincuenta años nació en Isnotú (Edo. Trujillo), José Gregorio Hernández. Desde esa mañana del 26 de octubre de 1864, hasta el último minuto de su fallecimiento en la tarde del 29 de junio de 1919, la existencia de este hombre de excepciones estuvo marcada y destinada a la devoción y a la ciencia. En ambos designios de este ejemplar hombre, si bien hubo de enfrentar tropiezos, lo significante es que se destacó con imponencia de montaña, concepto este utilizado por el Cardenal José Humberto Quintero en una bella nota biográfica sobre nuestro personaje.

“Para apreciar plenamente la altura de una montaña -dice el prelado-, no hay modo más eficaz que subir a ella”

No son pocas las personas que le han dado cima a esa montaña con multitud de obras biográficas. Cada uno ha escogido el camino que más se acomoda a su talento o su más sincero afecto por la siempre cautivante figura del doctor José Gregorio Hernández. No obstante, todos coinciden en calificarlo como un hombre de excelsitudes que le hicieron conquistar; indubitablemente, el corazón de todo un pueblo y el respeto de los más conspicuos hombres de ciencias de su tiempo, en especial los consagrados a los estudios médicos.

Diríase que en los actos y acciones del Doctor José Gregorio Hernández, no hay resquicio alguno a la duda de haber llevado una vida ejemplar, como inmunizada a la contaminante existencia mundana en la que transcurren los seres humanos. En síntesis, una vida envuelta en un nimbo de santidad es el mérito que sitúa al doctor José Gregorio Hernández en esa montaña sagrada de la singularidad, que sólo alcanzan algunas individualidades de suma excepción.

Cuando apenas cumplía doce años, José Gregorio Hernández se radica en Caracas para cursar estudios de bachillerato en el colegio del doctor Guillermo Tell Villegas, situado de Madrices a Ibarra. Desde entonces la ciudad le brindará un inmenso afecto por este hijo adoptivo que pronto lo considerará suyo, pero que la posteridad lo reclamaría como timbre de la iglesia universal.

1878 es el año de este arribo a la ciudad de Caracas de José Gregorio Hernández, pero también tiempos en que la urbe pugna para sintonizarse con la era del mundo moderno, ambiente éste que intenta tenazmente insuflarle “El Autócrata Civilizador”, el General Guzmán Blanco. Eran desde luego los mejores momentos de la llamada “Generación Positivista” representada por la Sociedad Amigos del Saber, liderada por destacados intelectuales que tenían mucha influencia en los destinos del país. Al graduarse de bachiller en junio de 1882, José Gregorio Hernández ingresa a la Universidad para cursar estudios de medicina en medio de ese ambiente de cambios que pone en entredicho al pasado, pero en especial, a los valores espirituales frente a los representados por el materialismo que pugna su espacio con nombre y apellido.

En este sentido nos dice el Cardenal José Humberto Quintero: “Desde la antepenúltima década del siglo pasado por influencia del tudesco Adolfo Ernst y del venezolano Rafael Villavicencio, en la Universidad Central se habían impuesto las teorías materialistas. Confesarse libre pensador, evolucionista ateo, positivista fervoroso, era por entonces la moda reinante entre la juventud que acudía a las aulas de aquel instituto (…) y todas aquellas ideas se presentaban por esos días cubiertas con la capa de esa fascinante palabra. Discutir siquiera tales teorías equivalía a exhibirse como un retrasado, digno solamente de despertar compasión. Que un individuo se preciara de intelectual y a la vez hiciera paladina profesión de fe cristiana, se estimaba un contrasentido. He ahí la atmósfera universitaria caraqueña cuando José Gregorio Hernández instaló el 6 de noviembre de 1891 su Cátedra de Fisiología Experimental y Bacteriología (…). Si no consiguió el doctor Hernández cambiar el criterio predominante en el ambiente universitario, probó al menos a todos esos jóvenes que se puede a la vez ser hombre de ciencia y hombre de fe, hombre moderno y hombre creyente, e infundió en esas primaverales inteligencias una duda saludable…”

Esta duda encontraba fundamento en los inobjetables méritos científicos que había adquirido el doctor José Gregorio Hernández con sistemáticos y bien aprovechados estudios. En 1889 cursó en el Instituto Pasteur de París, estudios avanzados en medicina, lo que le permite ser primero en la Universidad Central en materia del conocimiento experimental en bacteriología, tras instalar el primer laboratorio de su género en el país; también están sus estudios o ensayos médicos que testifican su curiosidad científica.

Como médico de familia en Caracas, se granjeó una sólida fama de excelente clínico que nunca erraba en un diagnóstico, lo que hizo convertirse en obligada consulta de sus colegas y viejos profesores universitarios, que también fungían como médicos de las familias caraqueñas, cuando en éstos aparecía la duda en un diagnóstico clínico. Pese al renombre y distinción profesional del doctor José Gregorio Hernández, ello no fue motivo ni razón para que la elite caraqueña “secuestrara” con halagos y sumas de dinero al humilde doctor de los pobres, fama también adquirida por José Gregorio Hernández durante todos sus años de servicio en la ciudad de Caracas.

Llegado a este punto quisiéramos hacer una provisoria reflexión en torno a una cuestión de interés personal, que no hemos hallado explícita en la amplia bibliografía que existe sobre la vida y obra del doctor José Gregorio Hernández. Es decir, una interrogante que bien vale la pena explorar por la estrecha vinculación que se intuye en todo hombre de excepción con el tiempo en el que desempeñó su singular rol, un tanto misterioso, enigmático y fascinante. Como es bien sabido, la mayor parte de la fructífera y bondadosa existencia del doctor José Gregorio Hernández, la pasó en la ciudad de Caracas.

De sus cincuenta y cinco años que alcanzó vivir, cuarenta y tres los consagró a su ciudad adoptiva. Al seguir los designios de su destino, esto es la científica y espiritual, nunca se vio en el trance de disputar esos espacios a terceros, puesto que su imponente personalidad cargada de frondosa sabiduría y humildad cristiana, lo convirtieron en referencia emblemática de esos espacios.

Pongamos por caso el de su inmensa bondad -pues ya hemos señalado algo de su vida académica- y su inquebrantable fe religiosa. En la Caracas que te tocó vivir, podría decirse que era producto o hechura de una y otra virtud que le atribuimos al doctor José Gregorio Hernández. La bondad por muchas razones, habría sido práctica de los caraqueños, así como también de ser fervorosos creyentes de la iglesia católica.

El grave problema de la pobreza en la ciudad, inveteradamente había sido el mejor “laboratorio” para poner a prueba esas virtudes caraqueñas, la cual se vio reforzada desde luego por la participación de muchas instituciones del Estado, la iglesia y un ejército de particulares. Todos ellos y casi como una tradición, venían haciendo esfuerzos encaminados a llevar algún consuelo a la pobreza de Caracas que durante siglos se encontraban sumidos en las mas atroces carencias de subsistencia. Entre 1876 y 1919 el paso apresurado y corto del doctor José Gregorio Hernández, recorrerá las largas y estrechas calles de Caracas, y ante sus ojos continuaba ese estigma de la pobreza en pleno vigor, intacta y vergonzante.

Pese, insistimos, a las muchas ayudas de caridad provenientes de las instancias del gobierno, de las esferas de la iglesia católica y la de mecenas y filántropos de la elite caraqueña, no lograron la suma de todos esos esfuerzos y a lo largo de cuatro siglos, situarse a la misma altura de esa inmensa montaña de bondad y caridad que simbolizó el Médico de los Pobres, calificativo éste con el cual fue mejor conocido en Caracas antes de iniciarse el proceso de canonización en 1949. Es por ello que luego de su muy sentida muerte el 29 de junio de 1919 y tras las exequias que le brindó la iglesia y la elite caraqueña en la Catedral de Caracas, el pueblo espontáneamente reclamó con tesón y valientemente los restos mortales del doctor José Gregorio Hernández para conducirlo miles de hombres humildes al Cementerio General del Sur.

Caracas y su gente pobre siguieron creyendo en este bondadoso y querido galeno, pues casi de inmediato comenzó su culto solicitándole favores de salud o bien pagándole promesas por el favor concedido. De la larga lista del santoral con el que cuenta la ciudad, es el doctor José Gregorio Hernández, el único benefactor de carne y hueso que recorrió sus calles llevando esperanzas a sus vecinos.

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