El auto, ¿hasta cuándo?

Crédito de imágenes: José Carvajal
camino

Por José Carvajal / @caracasapie

El Área Metropolitana de Caracas tiene poco más de tres millones de habitantes y su Región Metropolitana poco más de cinco millones. Sin compararnos con megalópolis como Sao Paulo o Ciudad de México, encontramos que el Gran Buenos Aires tiene alrededor de 13 millones, Lima está cerca de 9 millones, Bogotá rondando los 8 millones, y la población de Santiago de Chile anda por los 6 millones.

Sin embargo, es común escuchar la frase: “es que en Caracas hay demasiada gente”. Si uno indaga un poco, esa sensación de “sobrepoblación” está demasiado condicionada por una imagen recurrente: nuestras vías están repletas de carros. Si pudiésemos mirar a través de los impenetrables vidrios de cada uno de esos vehículos atascados en calles, avenidas y autopistas, corroboraríamos lo que dicen los estudios de movilidad: generalmente adentro viaja un solo individuo. En promedio, los viajes en vehículos particulares en Caracas trasladan 1,2 pasajeros, pero ocupan más de tres cuartas partes de las vías.

No obstante, desde hace décadas, las políticas públicas y nuestra cultura siguen gravitando en torno a ese insostenible modelo de movilidad, y de tanto en tanto genera acciones desconectadas que obcecadamente insisten en esa línea de aparente disminución de la congestión vehicular, en vez de enfocarse en cómo reducir la cantidad de vehículos en las vías. Se ha insistido más en democratizar el consumo de vehículos que en democratizar el uso de las vías, se le está dando más espacio a los vehículos en vez de a los viandantes, al transporte público y a la bicicleta.

Por el exceso de vehículos y por la ignorancia de servidores públicos que no asumen su responsabilidad de hacer valer las normas aparecieron en los años 70 las nefastas pasarelas peatonales y los elevados (que siguen vendiéndose como panacea a la congestión), se han talados cientos de árboles y se han convertido en estacionamiento los retiros de edificaciones. El problema no es sólo que no se resuelve la congestión, sino que se impacta negativamente la vida de la ciudad, cada vez la gente tiene menos espacio para moverse caminando, en una ciudad con menos árboles y más contaminada.

A pesar de que en muchas otras ciudades del mundo (algunas de ellas cercanas en la región) están actuando para revertir ese modelo incorporando bicicletas públicas y ciclovías, creando conexiones peatonales y dedicando más espacio exclusivo al transporte de superficie, acá se sigue insistiendo en ponerle pañitos calientes a nuestros problemas de movilidad manteniendo el privilegio al vehículo particular. El carro no sólo condiciona la distribución espacial en nuestras vías sino que condiciona las políticas. Está en el ADN de nuestros servidores públicos. Nos gobierna.

Una nota ni tan al margen

Está por entenderse de qué va el reordenamiento de la avenida Miguel Ángel de Colinas de Bello Monte. El gran reto es ampliar las aceras y recuperar los retiros de los edificios, tomados por los vehículos. El valor patrimonial de la avenida, por su singular arquitectura y potente vegetación, contrasta con unos usos que convocan al despelote vehicular: en su extensión de 700 metros hay cuatro caucheras, cuatro electroautos y dos ventas de motos. Cambiar progresivamente el uso de algunos de esos locales por un comercio de a pie debería estar en el proyecto de la alcaldía. Pero, la verdad, es que ni los vecinos ni algunos urbanistas consultados conocen los detalles del proyecto en curso.

Por ahora, en el primer frente de obras derribaron dos árboles y están machacando a los restantes. Y la congestión vehicular aumentó en esta avenida como consecuencia del semáforo que llegó junto con el nuevo puente de guerra que instaló Haiman El Troudi en la avenida Principal de Bello Monte. Toda una contradicción.

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