Disfraz de etiqueta

Crédito de imágenes: José Carvajal
SIGNOS

Por José Carvajal / @caracasapie

No hablo de ese formalísimo traje. De esa convención de esmoquin y pajarita. Hablo de calcomanías, pegatinas. De una simbología ornamental. Tengo rato viéndola en microbuses y transporte de carga, y confieso que me incomodaba esa metástasis gráfica, de normas que no suelen respetar los conductores. Pero Ana, una amiga militante del ciclismo urbano y de la buena vida pública, me hizo ver algo más concreto y peligroso entre los cuatro mensajes, los cuatro símbolos. Uno de ellos invita a la ilegalidad, que en cierta forma la legitima. Pero vayamos uno por uno hasta llegar al punto sobre el que mi amiga encendió el foco.

No ingerir licor mientras conduce (tampoco antes). Para mí, lo digo sin pudor ni ánimos de escandalizar, beber es una necesidad. Creo que después de manejar se puede beber un tonel, a gusto. Porque será nuestro hígado el que lleve el impacto, no otros seres humanos, ajenos a nuestra rasca. Pero, salvo eventuales “operativos”, aquí no se revisan sistemáticamente los niveles de alcoholemia en la calle, a la salida de las discotecas y los bares. Es indispensable contar con un sistema de transporte público seguro y confiable que nos mueva por la ciudad cuando decidimos “echarnos palo”.

No uses el celular mientras conduces. Es obvio que no se debe hablar, a menos que usemos el dispositivo manos libres, pero para muchos no es obvio que tampoco esté permitido enviar o leer mensajes de texto. Se exhiben las calcomanías, pero hay más conductores violando la norma que fiscales deteniendo y multando a los que lo hacen. Sin dudas es un tema de conciencia individual –como debería ser no estacionar en las aceras-, pero si no se penaliza, esa conciencia no cristaliza.

Uso el cinturón de seguridad cuando conduzca. Esta norma, luego de varias campañas sostenidas, es quizá la que más ha calado entre los conductores, pero no termina de ser cumplida a cabalidad. La gente lo asume desde el libre albedrío. Y como es un síntoma de nuestra sociedad que la vida no tiene demasiado valor –mas sí los bienes, las propiedades-, o su valor es absolutamente relativo, fortuito, entonces se asume la norma como sugerencia, acción optativa. Pero resulta que hablamos de un problema de salud pública (y finanzas públicas). ¿Cuánto gasta el Estado en paramédicos, médicos, material quirúrgico e insumos médicos, ambulancias para atender lesionados que no usaban el cinturón?

Velocidad máxima 80 kph. Es aquí donde está el exabrupto, una invitación a delinquir. Aquí es donde “metemos la cabra”, hablando del argot dominosístico, nos metemos autogol. Ese límite de velocidad, por cierto ampliamente irrespetado, es para la circulación en el carril izquierdo de las autopistas. Pero el límite de velocidad en avenidas es de 40 kilómetros por hora. Y en ciertas calles locales, o en vías donde hay escuelas, centros de salud, centros deportivos, con niños, personas mayores, el máximo es de 15 kph. Los autobuses y camiones que llevan estas calcomanías se mueven, sobre todo, por estas vías que usamos peatones y ciclistas, en las que muchos conductores aprietan la chola sin pudor y llegan a alcanzar esa velocidad de espanto.

¿Iniciativa particular? ¿Es un negocio, o la contribución de algún altruista desorientado? ¿Un acuerdo entre privados e instituciones? ¿No estamos banalizando el respeto a la norma? ¿Por qué no obligamos a reducir la velocidad en vez de invitar a reducirla con calcomanías que confunden? ¿Por qué no penalizamos a los que van a más de 40 kph (y a los borrachos, los adictos al whatsapp rodante)? Preocupan estos ejercicios descontextualizados, que por saturación operan en sentido contrario a lo que promueven. Una expresión más del vergonzoso “como sí”. Un carnaval de signos sin ningún significado. Un disfraz.

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