Casco Histórico de Caracas (Parte II)

En los nombres curiosos y enigmáticos de sus esquinas, decía el doctor Juan Ernesto Montenegro, está el alma de Caracas. Su nomenclatura es el reflejo del modo de ser del caraqueño. Sus nombres inmortalizan, advierten y retratan la idiosincrasia de la ciudad.

Si debemos buscar algo singular en esta sin igual nomenclatura, es la autoría del propio pueblo, sin la disposición oficial, que como sabemos, hizo sus esfuerzos por imponerse a mediados del siglo XVIII, cuando el Obispo Diez Madroñero designó a las calles (no las esquinas) con nombres alusivos a la vida y pasión de Cristo.

La municipalidad también fracasó cuando decretó una nueva nomenclatura a las calles del casco central en 1811, pues éstas sólo quedaron en el recuerdo y en los mapas de Caracas hasta el último tercio del siglo XIX.

El General Antonio Guzmán Blanco, por ejemplo, con el afán de “modernizar” la vieja nomenclatura, dividió a Caracas en avenidas que en realidad no existían, tomando como punto de referencia la esquina de La Torre; es decir, las ordenó según los puntos cardinales que indicaba dicha esquina. Así tenemos las avenidas Norte-Sur y Este-Oeste. Como corolario de estos intentos “civilizadores”, los caraqueños siguieron orientándose por los viejos nombres de las esquinas de la ciudad.

Como hemos visto, el casco histórico de Caracas es la ciudad misma hasta las postrimerías del siglo XIX. En este sentido debe considerarse en su conjunto, y no restringirlo a la matriz aparecida en el plano del gobernador Juan de Pimentel de 1578.

Sobre este particular ya hemos adelantado que la concreción de la ciudad de los techos rojos, como la denominó en 1877 el poeta José Antonio Pérez Bonalde en su canto Vuelta a la Patria, fue sólo posible en el transcurrir del siglo XVIII.

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Su declive comenzará de forma gradual en el siglo XIX y se hará intenso justamente cuando llegue la medianía del siglo XX. Con respecto a lo primero, tendrá que tenerse presente el terremoto de Caracas de 1812 y el conflicto bélico suscitado tras la Declaración de Independencia en 1811, el cual se prolongó hasta 1821; y entre esta fecha y finales del siglo XIX, que concluye con otro terremoto, el 28 de octubre de 1900 (San Simón).

Cabe considerar para este período la política modernizadora del General Guzmán Blanco, que acabó con importantes vestigios históricos del casco central de la ciudad. También debe advertirse que muchas de las casas de familias que eran genuina expresión de la arquitectura colonial, en la que se incluye la Casa Natal del Libertador, fueron destinadas al comercio, al ser regentadas por empresarios ingleses, alemanes y norteamericanos.

Esta desdichada suerte a la que fueron condenadas estas joyas arquitectónicas patrimoniales, determinó su extinción en la ciudad de los techos rojos. Cuando Don Arístides Rojas escribió su famoso ensayo “El cuadrilátero Histórico” en 1880, probablemente lo hizo con la intención de crear conciencia sobre su conservación, pues esas casas representaban legítimos testimonios de la historia social y política de la ciudad.

Muchas veces se ha afirmado que Caracas no contaba con grandes palacios y catedrales como los levantados en las capitales de los virreinatos sureños, pero lo que le faltaba en ornamento arquitectónico, le sobraba en hechos históricos universales.

Tómese como ejemplo que Caracas fue el lugar de nacimiento del Libertador Simón Bolívar, Don Andrés Bello y Francisco de Miranda, entre otros, y que en esta misma ciudad se inició el proceso de Independencia en 1810, que le arrebató al imperio español sus vastas posesiones coloniales en el continente americano.

Este memorable acontecimiento se inició en la esquina de Principal, en la sede del Ayuntamiento caraqueño; pasó luego a la esquina del Conde, donde se reunió el primer Congreso Venezolano, en la casa del Conde de San Javier, y más tarde a la capilla Santa Rosa de Lima, ubicada en la esquina de Las Monjas, lugar donde se declaró la Independencia el 5 de julio de 1811.

Para la cuarta década del siglo XX, podría decirse que el casco histórico de la antigua Santiago de León de Caracas mantenía casi intacta su estructura y fisonomía arquitectónica; sin embargo, desde 1936 tendrá sus días contados.

Un estudio hecho a pedido de la Gobernación del Distrito Federal conocido como Plan Monumental, pretendió fijar ciertas directrices sobre el desarrollo físico del casco histórico, a objeto de resolver el problema del tránsito de vehículos y la alta densidad poblacional que ya acusaba la ciudad; este proyecto, por haber sido concebido por el arquitecto Maurice Rotival, será denominado Plan Rotival.

El Concejo Municipal, la Gobernación del Distrito Federal, la Comisión Nacional de Urbanismo -creada en 1946- y otras instituciones públicas, dan inicio al proyecto que convierte a Caracas en una suerte de “laboratorio”, para poner a prueba las innovaciones arquitectónicas y urbanísticas en boga durante las décadas de los cuarenta y cincuenta del siglo XX.

Así, en el casco histórico se re-urbaniza sin considerar el valor patrimonial del centro de la ciudad, que irremisiblemente fue destruido gracias al omnímodo poder de la riqueza petrolera que comenzaba a recibir el Estado venezolano.

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A modo de ilustración, puede decirse que las avenidas que convergen al centro de la ciudad: Bolívar, Urdaneta, Universidad y Baralt, reclamaron en su construcción centenares de edificaciones coloniales entre las que se encontraban, por ejemplo, las viejas casonas que sirvieron de sede al Colegio Chávez y al Museo de Arte Colonial, ambas ubicadas en la esquina de Llaguno, intersección de las avenidas Urdaneta y Baralt.

De nada sirvieron los pretextos del Cronista de la Ciudad, Don Enrique Bernardo Núñez, ni la Ordenanza sobre la Protección y Defensa del Patrimonio Histórico que había sancionado la municipalidad de Caracas en 1945, ante la inflexible determinación del régimen de gobierno y su cauda de “planificadores urbanos”. Disipados los “polvos del progreso”, los caraqueños quedaron atónitos ante la desaparición de emblemáticas casas, plazas y lugares que representaron una época de esplendor en la ciudad.

En síntesis, vieron extinguirse en buena medida el alma de Santiago de León de Caracas, pues no debemos olvidar que el modernismo de aquellos años vino acompañado de un intenso proceso de transculturación, que propugnó gravemente el resquebrajamiento de las bases que sostenían la identidad de los caraqueños.

Sí fuésemos a representar ese intangible pero esencial espíritu que le daba existencia al casco histórico hasta los años en que se inició su progresiva destrucción, deberíamos imaginárnoslo como una gran pieza musical que de lento allegro fue incorporando las diversas tonalidades que surgían en clara señal de vida que se iba tejiendo en la ciudad: la religiosa, con su iglesia catedral, templos parroquiales y conventos.

La popular, en todos sus aspectos, evocando las plazas, teatros, universidad, mercados, oficios y casas caladas que eran, a no dudarlo, lugares de resonancia de las alegrías, esperanzas y sacrificio de todo un pueblo; la solemne, que recuerda la majestad de la autoridad en la casa del Ayuntamiento y demás autoridades del pasado; la clásica, que nos impone el buen gusto y magnificencia de los mantuanos y godos disfrutando en el sosiego de sus solariegas y blasonadas casonas en el centro de Santiago de León de Caracas.

Esa es pues la sinfonía histórica de aquella ciudad de los techos rojos, la de la eterna primavera, la sucursal del cielo; tal como llegaron a calificarla el poeta Antonio Pérez Bonalde, el historiador José de Oviedo y Baños y los caraqueños, respectivamente.

Hemos hecho alusión a este interesante tema sobre la historia de la ciudad, bajo la feliz circunstancia de ver como en los últimos años el Alcalde de Caracas, el doctor Jorge Rodríguez, ha venido ocupándose de su rescate para el solaz y disfrute de los caraqueños.

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