Una vuelta a la manzana

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Por José Carvajal / @caracasapie

Siempre he sentido fascinación por los libros de cuentos para niños, inclusive desde antes de tener hijos. Son vehículos maravillosos para la sensibilización, son expresión extrema de nuestra capacidad de imaginar, de soñar, pero también son una clara invitación a entender la vida como ejercicio de libertad y autonomía, como experiencia lúdica. Aclaremos: no toda la literatura infantil impresa contiene lo que describo, algunos son literalmente lo contrario. Digamos que la fascinación la siento por esos libros inteligentes que no encierran moralinas ni reproducen formas de ver y ser, sino que son una invitación al descubrimiento.

Hace varios años topé con El perro de Madlenka (Lumen, 2003), de Peter Sis. En él una niña pasea un perro imaginario dando la vuelta a la manzana donde vive, ubicado en una ciudad, en un país, en un mundo de ciudades. En ese paseo se encuentra con una gran diversidad cultural, étnica, en la que intercambia fragmentos de historias de otras ciudades distantes, pero todas ellas inscritas en la familiaridad local. Son personajes de la vida cotidiana que expresan la idea (¡la gran idea!) de una ciudad cosmopolita, sólo posible a partir de los movimientos migratorios.

Hace apenas unos días me tocó tener en mis manos, bajo préstamo, ¿Cómo ser un explorador del mundo? (Fondo de Cultura Económica, 2012) de Keri Smith. Un libro que, paradójicamente, es un manual pero para la libertad, para salir a explorar cuerpo a cuerpo el mundo, para hacer de ese acto exploratorio un símbolo de vitalidad, de ser uno con lo que nos rodea. Una invitación a observar, registrar, catalogar lo que nos rodea, siempre desde nuestra mirada particular.

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Cito estos libros porque, insistamos: no hay manera de vivir plenamente el lugar que habitamos si no nos desplazamos por él, observándolo, interactuando. No hay manera de entender que formamos parte de una ciudad, de reconocernos en ella, si no la recorremos, si no la observamos, si no nos dejamos seducir por ella. Por otra parte, hay que comprender (o sería lindo asumir) que moviéndonos por ámbitos locales, cercanos a nuestra casa, cercanos a nuestra escuela, en cierta forma igual nos conectamos con toda la ciudad, pues la escala local es el ámbito donde se corrobora realmente el espíritu metropolitano. Es decir, basado en la apertura, la tolerancia, la hospitalidad hacia lo otro, hacia lo desconocido.

Aunque a algunos su razón y su olfato les indique que nuestro contexto más bien obliga al encierro, a levantar barreras, debemos comenzar a ejercitarnos en el arte de andar para descubrir, para integrar lo desintegrado, para recuperar el derecho a la ciudad, a imaginarla y transformarla en la ciudad que deseamos. El ejercicio de abrir lo cerrado. Asumir el cuerpo como vehículo de la política cotidiana. Una biopolítica.

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Ayer sábado realizamos un recorrido con niños organizado por Turismo y Comunidad de Cultura Chacao. Dimos “una vuelta a la manzana” (en realidad un poco más que una manzana), dentro del casco de Chacao. Observamos detalles, lo que hay y lo que sucede en esa vuelta, cómo nos movemos, las formas y texturas de la arquitectura, la vegetación y sus sombras, la gráfica urbana. Lo constante, lo contrastante. La diversidad. Lo repetiremos el próximo sábado en los alrededores de la plaza de Los Palos Grandes.

La idea es seguir jugando a ver la ciudad, como estrategia para no distanciarnos de ella. Es un buen comienzo aceptar darle una vuelta a la manzana.

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