Un elefante en una cristalería

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Por José Carvajal / @caracasapie

Todo comenzó con un trino de @CeliaHerrera el 21 de mayo. Ella es ingeniero civil, directora y profesora de la Escuela de Ingeniería Civil de la UCV, con quien tanto he compartido reflexiones sobre la movilidad caraqueña. “Destruida ciclorruta Los Chaguaramos-Banesco Bello Monte. Obras ampliación autopista se llevaron por los cachos un buen tramo”. No incluía fotos y pensé: imposible, esa ciclovía tiene muy poco tiempo de construida. Busqué “ciclovía UBV-Sabana Grande”, a ver si alguien había publicado alguna foto. La que encontré era de un grupo de ciclistas de Conatel que celebraban después de haber realizado una jornada de limpieza en la susodicha.

Pero, en efecto, el Ministerio del Poder Popular para el Transporte Terrestre y otros etcéteras, está abriendo boquetes para meter pilastras. En una ciudad como Caracas, tan fragmentada y limitada por sus autopistas, es difícil entender desde el andar, la manera como se tejen físicamente estos anacronismos mosntruosos. Difícil imaginar que justo frente a la Universidad Bolivariana pueda aparecer más autopista, porque justo allí esta se eleva por encima del río valle en doblete. Pero algunos ingeniosos ingenieros se la ingenian cuando de mantener viva la carrocracia se trata. Les encanta desarrollar obras con mucho concreto y dinero de por medio.

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Si hubiese que caracterizar en este momento las actuaciones del ministerio en cuestión sobre Caracas (y seguramente otras ciudades de Venezuela), habría que decir que equivalen a la entrada de un elefante en una cristalería. La cristalería, obviamente, es nuestra ciudad, cuya fragilidad parece no encontrar interés ni correlato responsable en las autoridades. Para quienes gobiernan, para quienes tienen poder (¡vaya que el ministro al frente de esta cartera lo tiene, que hasta deshace lo que el alcalde Rodríguez inventa!), esta ciudad puede aguantar cualquier cosa. El paquidermo se siente ágil, brinca sobre sus dos patas traseras, hace giros de 90 grados a gran velocidad, mueve su trompa como un látigo mientras aletea con sus grandes orejas. La única parte de su descomunal animalidad que se mantiene inmutable es su rabito.

Ha avanzado muchísimo y en tropel (el gran elefante tiene un séquito de elefantitos de menor calibre, que se adiestran a pasos agigantados en las artes de la destrucción) por muchos puntos de la ciudad. Y ahora se ceban por los bordes del río Valle, desfigurando su cauce, batuqueando centenares y centenares de árboles. No es fácil entender cómo, pero de las márgenes del río que se mueve por los lados de San Pedro dará un salto circense sobre grandes pilastras hasta posarse en la ciclovía herida.

Creen que lo están haciendo bien, con gracia nos venden que su danza no tendrá impacto. A pesar de su gruesa piel simulan sensibilidad urbana. Piensan, dentro de sus cabezas (curiosamente desproporcionadas con sus cuerpos), que todo este despliegue es por el bien de Caracas. A pesar de que tienen excelente memoria olvidan (o no les conviene recordar) que viejas ampliaciones y segundos pisos, finalmente se atapusaron de carros. Mucha gente que piensa en el futuro de Caracas, pero que está más bien en el grupo de los bípedos, está segura de que esta descomunal inversión, hecha a las patadas, tendrá el mismo cruel destino.

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Y uno se pregunta ¿cómo hacemos los de a pie para domar esta manada de cuadrúpedos, herederos de los prehistóricos mastodontes? Estos elefantes que creen poder balancearse eternamente sobre la tela de una araña.

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