Reflexiones en torno a un parque cerrado

Crédito de imágenes: José Carvajal//
20-parque-cerrado

Por José Carvajal / @caracasapie

¿Qué significa un parque cerrado? ¿Qué imagen proyecta? ¿Por qué nuestros parques locales suelen estar bajo llave? ¿Quién tiene las llaves del parque? ¿Qué papel juegan las alcaldías frente a esos parques cerrados?

Las preguntas podrían ser infinitas. Por ejemplo: ¿qué siente un niño que luego de salir de su escuela, camino a casa, todos los días ve que está cerrado el que podría ser su parque? ¿De qué sirve, o a quién sirve, un parque cerrado? Y en un extremo ontológico: ¿un parque cerrado, vacío, es realmente un parque?

Definitivamente, un parque cerrado no es un parque. Para cualquier ciudad, un parque sin niños, sin gente, es un símbolo de cuanto hay de negativo en esa urbe. Un símbolo de desprecio hacia lo público. Una narrativa silenciosa del rechazo al otro. El icono del miedo. La señal de naufragio de una sociedad.

Los parques, por naturaleza, son la representación del tiempo libre, del ocio, del crecimiento, del encuentro. Espacio de liberación. Lugar emblemático de la felicidad compartida. Y, por sobre todas las cosas, es el espacio de los niños o de aquellos que no renuncian al espíritu de la infancia, que resume en sí misma todas las libertades, toda la voluntad, todo el deseo.

En Caracas abundan los parques cerrados bajo llave y candado. Son espacios privatizados que muchas veces ni siquiera se utilizan privadamente. Son una muerte congelada. Simbolizan nuestra incapacidad de entendimiento, nuestra corta visión del futuro. Se parecen un poco a esos mojones que colocan en las aceras para que sobre estas no se estacionen carros o no circulen motos, pero que en sí mismas las hacen inviables hasta para quienes caminan.

Las llaves de los parques cerrados deben quemar en las manos de quienes las custodian. Deben pesar en la conciencia de las juntas de vecinos, en los consejos comunales. Son la diferencia entre la sonrisa feliz de un niño y una rotunda cara de tristeza y frustración. Las alcaldías se deslastraron de “esa carga” y delegaron en manos de las comunidades esa función de encarcelar el tiempo y el espacio. Al desentenderse se olvidaron de la iluminación del parque, de los bancos para las abuelas, de la ronda de seguridad, del bebedero, de los baños, del jardín, del árbol enfermo. Lo desahuciaron.

Los parques cerrados son un síntoma de una enfermedad y sirven para meter miedo. También sirven a todos aquellos que ofertan tranquilidad, seguridad y confort, no en espacios públicos, sino en centros comerciales, clubes, pretendiendo sustituir la vida pública, el bienestar colectivo, por un bienestar individualizado que sólo depende de nuestra capacidad de consumo.

Hoy pasé ante otro parque cerrado. Este es muy particular. Está en la avenida Libertador, haciendo esquina con la avenida Bogotá. Lucen impecables sus jardineras, los aparatos de juego, los bancos.

Las rejas generosamente pintadas de colores, y la puerta de entrada con su habitual candado. Lo curioso de esta promesa de parque (mientras está cerrado no es otra cosa), es que en el medio de todo, como un tótem, hay un viejo surtidor de gasolina, como si entre toboganes, ruedas y columpios este fuese el más importante de los aparatos de juegos.
Un parque cerrado y en el medio nuestro gran héroe patrio (el surtidor de gasolina). Nuestra desgracia.

Te interesaría

Lo más leído

Indicadores

SimadiBs.199,84
SicadBs.13,50
CencoexBs.6,30
EuroBs.7,46
Bono Soberano$93.292016
Bono Pdvsa$77.142016
Texas$40,89
Brent$44,18
Venezuela$34,46
Opep$38,45

Globovisión Radio