Petare a pie

En el marco de la exposición De Civitate Dei, del artista plástico Miguel Von Dangel, que estará hasta el 16 de junio en el Museo Bárbaro Rivas de Petare, este pasado jueves 24 de abril realizamos una charla junto al sociólogo-urbanista Silverio González Téllez y el arquitecto y diseñador urbano Ignacio Cardona. Estas son las notas que compartí en ese evento:

No vivo en Petare, y confieso que no la he andado todo lo que quisiera. Tampoco soy un especialista en Petare. Pero con frecuencia me toca transitar la redoma, visitar el casco histórico y de vez en cuando me muevo por algunos barrios para dictar talleres en escuelas municipales.

Vengo del otro extremo de la ciudad, del oeste, de Catia, y siempre pensé que la plaza Catia (que por una extraña coincidencia también dedica su plaza a Sucre) era un descomunal “distribuidor” de almas: hacia Plan de Manzano, Gramovén, Los Magallanes, Las Brisas, Nueva Caracas, Urdaneta, La Guaira. El epicentro de todos estos viajes era la plaza, a diferencia de la plaza Sucre de Petare, que no está en el centro de los acontecimientos, sino alzada, desplazada. Pero esa imagen desmesurada del tumulto, quedó opacada cuando me tocó por primera vez (¡y aún!) visitar la redoma de Petare.

Petare, la “redoma”, que para los efectos es un gran espacio irregular alrededor del breve círculo que rodea al Cristo redentor, es una inmensa estación de achique y bombeo. ¿Un corazón desbordado? Acá luce infinita la lista de barrios que gravitan alrededor de este punto, unos más notorios que otros: José Félix Ribas, Unión, Maca, La Bombilla, La Dolorita, Julián Blanco, los “fechas patrias”. En este caso “la redoma” es un descomunal distribuidor de cuerpos, un corazón desbordado por el tumulto.

Habría que diferenciar cuando uno habla de Petare a pie, porque Petare abarca demasiado. No es lo mismo andar a pie en el casco que en la redoma, ni en esa frontera de Baloa con El Llanito, ni en ese espacio que media con Palo Verde. No es lo mismo ese Petare que está antes de llegar a la redoma, ni mucho menos el de los barrios arriba.

Pero si nos concentramos, en principio, en la redoma, nos encontramos con muchas capas superpuestas que se hacen interferencia, que contrastan, que se complementan, que nos interrogan… un poco al estilo del trabajo de Von Dangel, la redoma es como los libros del desesperante. Una suerte de milagro de la coexistencia, que podemos observar por retazos, pero que es difícil asir como un todo. Por lo tumultuosa, la redoma de Petare podría ser un fragmento de una de las grandes ciudades asiáticas, pero fuera de control. En vez de una trama cartesiana, más bien una trama estocástica, aleatoria.

Una mirada cenital nos mostraría un hormiguero, pero no andando en hilera, sino como si se hubiese revuelto el hormiguero y se desplazaran de manera aleatoria e imprevisible tratando de recuperar la secuencia, el protocolo, el orden. Desde abajo uno tropieza una y otra vez, en un recorrido permanentemente interrumpido, siempre desbordándose hacia la calzada. El paso se acelera cuando se abren boquetes, intersticios, e inevitablemente se ralentiza unos metros más adelante. Petare es un protocolo roto, sobre un espacio no domesticado, arisco, y encontrar en él remansos es tarea ardua, pero no imposible.

En la redoma de Petare hay tanta gente que andar a pie sólo, como en muchas otras calles de la ciudad, es una imposibilidad. Experimentar la soledad allí sería un ejercicio de la invención, así que esas fotos que normalmente toman muchos arquitectos para mostrar edificios y espacios exentos de personas, son sencillamente imposibles. No he estado allí en la madrugada pero es fácil suponer que muchos llegan tarde y muchos salen temprano y que la redoma siempre es un lugar concurrido. Yo siempre he pensado que de esa Caracas que se mueve diariamente a pie (19%) Petare debe aportar una cuota importante.

Caminar arriba, por algunos barrios, nos hace saltar de las vistas más espectaculares (mezcla de dos omnipresencias: la montaña verde, el Ávila, y la colina de textura rojiza, del barrio), a la del encierro parcial, en un recodo, en micromundos que se parecen mucho unos entre otros, como una forma sobre la que se aplican muchas texturas a la vez. Claro que este no es sino un prejuicio de la mirada, como decir que todos los chinos se parecen. Habría que afincar la mirada, pasearse milimétricamente por cada rincón, y encontrar la sutileza de la diferencia para hacer justicia a la singularidad de cada espacio.

En ese contexto, sobre todo en las zonas más altas, tengo la sospecha de que muchos niños y muchos adultos mayores, casi nunca bajan de su barrio. Viven una cotidianidad de “encierro” porque es costoso y complicado bajar. Tienen el callejón, la escalera, el mirador. Las dos omnipresencias. Y ya.

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