Peligrosa senda

Todo el que ejerce el poder de manera autoritaria anida resentimiento. Quienes dominan las ciencias de la conducta hurgan en los antecedentes de formación de la personalidad de tales individuos y siempre encuentran terribles carencias. No hay “pele”, como decimos en criollo.

Cuando no hay afecto y estímulo, especialmente en los períodos iniciales de la vida, se obtiene un adulto acomplejado, lleno de problemas no resueltos, que recurre al abuso contra los demás para compensar las fallas. Cuando ese adulto tiene poder, ello explica sus desenfrenos, más no los justifica. El resto de la humanidad no debe esos reales.

La familia bien constituida es una donde las figuras paterna y materna están presentes. Es la referencia para la formación de una personalidad estable. Prodiga al menor el cariño que aporta seguridad. Es la garantía de una conducta equilibrada que no necesitará desarrollar comportamientos revanchistas para reafirmarse. El resentido es producto, ante todo, de un cuadro familiar complicado, disfuncional o inexistente. Eso, por supuesto, no quiere decir que toda persona que pasa por ello irremediablemente terminará en déspota, pero sí es una constante el que todo tirano presenta una difícil pasantía por las primeras etapas de su vida.

La historia ofrece innumerables ejemplos. La familia compensa, incluso, el daño que pueden causar los malos maestros, la falta de luces y hasta las burlas de compañeros inescrupulosos. Pareciera que no hay nada que no pueda el amor de los padres ni falta que no sepa suplir.

El culto a la personalidad, la ausencia de la más elemental caridad, el cultivo de un trato desconsiderado y hasta la crueldad son característicos del resentido. Hacer que todo eso se note, se sienta, se padezca, es de la más alta prioridad para él. Por eso, no hay nada más peligroso que un resentido en el poder. A veces ni él mismo es capaz de transitar los oscuros recovecos de su alma atormentada.

Todos deben pagar por aquello que a él se le negó. Todos tienen que sentir la falta de compasión que a él lo dañó para siempre. Hacer saber a cada uno que su venganza está en marcha es tan importante como respirar. Veremos que hasta los despechos aplican, en el reino de los acomplejados urgidos de reconocimiento.

Si alguno duda de esto, consulte las hojas de vida de los sátrapas y bestias con poder desde que el mundo es mundo. Puede comenzar por Nerón y Atila, sobre quienes huelgan los comentarios; Herodes, de sórdida historia personal; Poncio Pilato, quien vivió y murió creyendo haber sido un romano prominente y sólo se le recuerda por haber entablado un diálogo de dos horas con un judío; Maquiavelo, quien de Príncipe sólo tenía la naríz, redujo a un código la maldad de los hombres públicos; Tamerlan, cojo y sin familia; Richelieu, de familia noble pero de segundo orden, tan vanidoso que fingía modestia para colmar su vanidad; Robespierre, un hombre de físico repulsivo; Savonarola, el que no quiso ser médico porque “no había dignidad en ocuparse de lo corruptible”, ingresó a un convento porque una mujer no lo quiso; Luis XIV, a quien la autoridad compensaba su bajo tamaño y, entre tantas estrellas, la suya fue la menos luminosa por lo que se hacía llamar “el Rey Sol”; Tayllerand, que por ser pequeño en lo que todos eran grandes, se dedicó a dominar a aquellos que lo pueden dominar todo; Mussolini, pesado como una roca, soñaba con ser Emperador de Europa y terminó edecán de un cabo austríaco ; Stalin, hijo de un zapatero ebrio; y Hitler, hijo ilegítimo, sin familia y sin profesión.

No dejaremos de lado a su mano derecha, Joseph Goebbels, prototipo de la manipulación y la censura, el mismo que utilizó la prensa y la radio de forma eficaz para promover el odio racial hacia la población judía alemana. Era cojo y por ello fue rechazado en el ejército alemán en el cual pretendió alistarse durante la I Guerra Mundial. Era corto de estatura, amó a una judía y aún hoy se asegura que él mismo era judío, lo que lo alejaba del “ideal” ario, la locura que los obsesionaba.

Como leí una vez de un amigo inteligente: “Eso prueba que hay un camino que va del despecho al Apocalipsis”. Peligrosa senda.-

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