Los espantos de la quinta Mayda

QUINTA-MAYDA

Por Juan José Peralta

Poco duraron los amores de Carmelo Giménez con la bailarina francesa cuyo nombre nadie recuerda, venida a Barquisimeto con la compañía de Vagontier, de quien el comerciante de Yaritagua se enamoró locamente.

El acaudalado dueño de “Mercantiles El Globo” le construyó una casa (Carreras 16 y 17 entre calles 42 y 43) similar a las de las afueras de París –como ella pidiera– frente a lo que después sería el parque Ayacucho, donde habrían vivido tiempos de loca pasión.

Ella le habría pedido una gruesa suma en préstamo y él, loco de amor, se la entregó. Ella se fue a Paris y más nunca regresó. Arruinado y despechado, la vendió el cañicultor del valle del Turbio Cruz María Yepes Gil en 1928 para su esposa Yuya y sacar a los hijos Edgar y Beyla a la ciudad. En 1935 nace allí su hija Mayda y también bautizaron la casa con el nombre de la niña.

Dos bodas fastuosa hubo en la casa. La de la Beyla con el abogado Raúl Castillo Fernández con la huerta iluminada para 2500 invitados y festejos traídos de Caracas y la diurna de Mayda con el abogado tachirense Rómulo Moncada Colmenares.

Por el amor de una cocinera en los años 60’, el mayordomo mató a puñaladas al albañil italiano que hacía reparaciones a la mansión, desgracia que motivó a los Yepes Gil volver a la hacienda del valle del Turbio.

Al morir don Cruz María a mediados de los 70’, doña Yuya regresó pero se mudó a un sitio más acogedor traspasándola a su hijo porque” la casa se había llenado de espíritus malignos y fantasmas”. Edgar Yepes la habitó menos que la madre y dijo que la habitaba un alma atormentada y ” no lo dejaban dormir el sonido de carretas y caballos durante la noche”.

Una sobrina de don Cruz planeó su boda allí y al regresar de la compra del ajuar el avión en que venía se estrelló en un páramo de Mérida.

A mediados de los 90’ Edgar la pone en venta pues en la familia nadie deseaba habitarla y autorizó su demolición a una corporación para apartamentos de lujo.

La quinta Mayda está invadida por vendedores de piña que allí pernoctan pese a que dicen que allí “espantan”. El peor fantasma es que no se puede intervenir porque fue declarada patrimonio edificado de la ciudad y protegida por leyes y decretos es intocable.

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