Ley de fuga: la importancia de los eternos olvidados

Crédito de imágenes: Luis Bond
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Por Luis Bond / @luisbond009

El cine venezolano siempre se ha caracterizado por su tendencia a retratar temas de corte social en la gran pantalla. Parte de nuestros mayores éxitos de taquilla son historias que se desarrollan inmersas en la violencia que vive la población de los barrios y que poco tiene que ver con la imagen de ciudad civilizada que a veces proyectamos.

A través de esta visión, cineastas han retratado temas que van desde la corrupción policial, pasando por la crueldad de los delincuentes y terminando en la desesperación de las víctimas envueltas en situaciones violentas. Mucho se ha contado de la calle, pero poco -o nada- de ese otro mundo que también está presente en nuestro país: las cárceles y los reclusos.

Una realidad poblada por los eternos olvidados a los que la sociedad hace caso omiso. Un mundillo que gracias a la cultura de los pranes ha saltado a la palestra, pero que todavía no ha recibido la atención que merece por parte de los cineastas. Ley de fuga intenta enseñarnos un poco de la crudeza de este submundo, pero suavizando las cosas a través del lente de la comedia y la poesía del teatro. El resultado es una película minimalista, llena de personajes entrañables y una historia redonda que se roba el corazón del espectador.

Ley de fuga comienza cuando Brigadier (Francisco Dennis), un empresario tramposo y egoísta, cae preso por culpa de uno de sus negocios fraudulentos. Debido a esto es transferido a una prisión en el interior del país, un sitio remoto y olvidado por el Estado donde sus contactos no tienen ningún tipo de influencia.

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Condenado a ser un reo más, Brigadier decide ingeniárselas para salir de prisión, logrando un acuerdo con el jefe del recinto, el despiadado Santander (Israel Moreno), para hacerse pasar por director de teatro y así distraer a los reos quienes están molestos por la mala gestión del encargado del penal. Todo esto con un fin oculto: armar una obra de teatro con la cual podría se transferido a Caracas y, en el proceso, fugarse.

De esta manera, Brigadier intentará ganarse el cariño y respeto de un grupo de reclusos bastante disparejos conformado por Félix (German Medieta), un señor mayor y mal humorado que parece llevar el control de la prisión, Campo Elías (Arnaldo Mendoza), un delincuente que consiguió la redención en Dios, Ender (Gabriel Rojas Rico), un joven sin malicia recluido por tomar malas decisiones, El dulce (Luis Vicente González), un gay encerrado por un crimen pasional y Atanasio (Juan Longa) un señor culto y ansioso por encarnar a Simón Bolívar. En paralelo, Brigadier deberá escribir una obra de teatro con la ayuda telefónica de Mika (María Fernanda Meléndez), la hija de su ex mujer, y planear su fuga con el apoyo del sargento Cañas (Adolfo Nittoli), un militar medio tonto que termina transformándose en su único aliado en todo el penal.

En una época donde el cine venezolano se pasea por antípodas tan disímiles como la solemnidad de Pelo malo o el desparpajo de Complot, conseguirnos en cartelera con una comedia bien hecha como Ley de fuga es una bocanada de aire puro.

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Desde su primer plano hasta el último, la ópera prima de Ignacio Márquez transpira sinceridad y buena vibra: es atractiva sin caer en preciosismos innecesarios, es graciosa sin ser superficial o chaborra, es sencilla sin por eso ser simple, es crítica sin caer en el panfleto.

Probablemente, el principal atractivo de Ley de fuga es el trabajo de guión y la caracterización de sus personajes secundarios. Son precisamente estos, los eternos olvidados en nuestra filmografía -casi inexistentes y relegados a un segundo plano, ornamental en la mayoría de nuestras películas-, los que se roban el show.

Ignacio Márquez los reivindica (al igual que los reclusos), insuflándoles vida, entendiendo que son precisamente los personajes secundarios los que muchas veces nos regalan los momentos más emotivos en las historias, dándoles su espacio y tiempo para desarrollarse. Esto, sumado a un cast casi perfecto, hacen que, de entrada, Ley de fuga goce de carisma y credibilidad en sus caracterizaciones -cosas de las que adolecen muchísimas de nuestras películas-, un gran acierto que se debe, en parte, a la formación teatral de su director y su elenco.

A pesar de ser un largometraje de presupuesto limitado y puesta en escena minimalista, Ley de fuga no se siente en ningún momento como una película barata o claustrofóbica. Ignacio Márquez saca el mayor provecho de la locación que dispone y se apoya en sus actores para que la historia fluya como seda, sin buscar una estética refinada o dejarse seducir por la vena documental de retratar las miserias humanas.

Gracias al impecable trabajo de la producción y la dirección de arte (que recrearon en un colegio abandonado un plantel penitenciario), la cárcel es una protagonista más del film, sosteniendo desde que aparece hasta el final la verosimilitud del espacio físico donde se desarrolla la historia (labor encomiable, sobre todo porque el público está cansado de ver en pantalla locaciones que no terminan de parecer reales). A esto se suma una dirección de fotografía bien cuidada que termina pintando con luces la ambientación de todo el recinto, apoyando su credibilidad y el feeling que nos transmite junto con la historia. La edición hace que la película pase rápido y sabe mantener el ritmo entre los chistes, los momentos de tensión y las escenas dramáticas, encajando con una banda sonora sencilla, pero llena de personalidad.

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Puede que Ley de fuga no sea la película más taquillera de este año, pero sin lugar a dudas es de lo mejor del 2014 y del cine venezolano de nuestros últimos tiempos. Películas como estas son las que nos permiten desarrollar nuestra identidad como país: historias sinceras, con personajes venezolanos -de verdad, casi arquetípicos-, cargadas con buenos diálogos, una pequeña dosis de crítica, conflictos bien delineados y que logran una conexión inmediata con el público. Un excelente debut para Ignacio Márquez, solo queda esperar que no se deje intoxicar por los demonios de la fotografía bonita y los temas intensos -sin necesidad- que parecen acosar a la mayoría de nuestros directores para que nos siga cautivando con su cine sincero y directo desde el corazón (como siempre debería ser).

Lo mejor: el carisma de sus personajes (tanto en construcción como en caracterización). Su excelente manejo de la puesta en escena jamás delata su bajo presupuesto. Su humor sincero e inteligente aderezado con toques de drama y crítica muy bien administrados.

Lo malo: la resolución está un poco floja. Por momentos, el antagonista parece más una caricatura que una amenaza real. Aunque el recurso está simpático, toda la dinámica de las llamadas telefónicas no encaja con su estética. A veces sus diálogos rayan en lo expositivo.

A continuación vea el trailer de Ley de fuga:

 

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