“La noche del mundo”

Crédito de imágenes: Reuters
caracas

Por Macky Arenas / @MackyArenas

Hace pocos días, Monseñor Shlemon Warduni, obispo auxiliar caldeo de Baghdad, lanzó a través de Radio Vaticana, un desesperado llamado por frenar el flujo de armas y entablar el diálogo: “Esta es la noche del mundo”. Nosotros, acá en Venezuela, muy bien podríamos utilizar el mismo simil porque estamos viviendo nuestra “noche del mundo”. Sin fórmula de juicio, detienen, encarcelan e incomunican. El penúltimo de la lista, un hombre honrado y apreciado, un venezolano cabal como es el alcalde metropolitano en ejercicio, Antonio Ledezma.

Nadie puede sostener el calificativo de democrático para un Gobierno que se comporta de esa manera. Es claramente dictatorial, sin discusión alguna. No importa si el Gobierno teje redes argumentales basadas en su lógica –no sustentada en ninguna ley vigente- para justificar los desmanes. No se trata de procesos judiciales ajustados a derecho, sino procedimientos policiales propios de un Estado forajido.

El problema mayor, así como se lee, el mayor, aparece en todo su dramatismo cuando comienzan, del lado afectado, las preguntas y denuncias que más bien corresponderían a la primera etapa de construcción de este desbarajuste. Ya no es hora de sorpresas. Ya no caben lamentos. Ahora es el Plan de la Patria cuyo ingrediente fundamental es represivo, al margen de que esté haciendo aguas o no.

Factores reconocidos por su preclaridad han venido advirtiendo insistentemente acerca del desarrollo –desde hace 18 años- de un proyecto de caos concebido para facilitar la dominación.

Cuando el ciudadano tiene que correr a meterse en una cola para poder comer, no puede pensar en conspiración. Cuando debe visitar farmacias todo el día para ubicar medicamentos, no puede dedicarse a conspirar. Aquí la única conspiración es el montaje de un perverso mecanismo de sometimiento que comienza por el estómago, repta a través de la legalidad, limita los micrófonos encadenando las frecuencias y asegura el encierro para quienes disienten.

¿Quién es más víctima?, ¿quién se pronuncia desde afuera y a favor de quién acá adentro?, ¿quién nos visita para decirnos lo que sabemos hace rato?, ¿cuál caso es la “marca” para establecer en qué punto se pasó de la raya el Gobierno? Eso es necio. Esto no tiene una semana. La libertad no está amenazada en Venezuela porque hay gente detenida: hay gente detenida porque la libertad, de uno u otro en particular, se mantiene si al Gobierno le da la gana. Porque la otra se esfumó hace tiempo, cuando cada poder público resolvió plegarse al Ejecutivo. Y no dejó ni rastro cuando el país rechazó reformas que de todas maneras se impusieron por decreto.

Esta armazón para destruir la democracia y la institucionalidad en el país se comenzó a levantar desde que vimos lo que vimos y se dijo lo que se dijo en la campaña electoral de 1998: Hugo Chávez ganó las elecciones el 6 de diciembre de ese año. Quienes tuvimos oídos para escuchar su discurso durante esa campaña, oímos bien. No hubo secretos, como tampoco los ha habido durante todos estos años. Muchos no entendieron o no quisieron entender lo que ahora les abruma el alma y les carcome el día a día.

Pero lo cierto es que estamos aquí, en este pantanal que certeramente la Conferencia Episcopal Venezolana ha calificado de “moralmente inaceptable”. La última exhortación fue contundente al señalar el camino equivocado: “El mayor problema y la causa de esta crisis general, como hemos señalado en otras ocasiones, es la decisión del Gobierno Nacional y de los otros órganos del Poder Público de imponer un sistema político–económico de corte socialista marxista o comunista”. Está en los venezolanos impedirlo.

Si andamos de rama en rama, lamentando el atropello puntual, viviendo cada quien su cuartico de hora asomando el pescuezo ante cada foco, reduciendo el gran problema a sus nefastas consecuencias sin aprender la lección, haremos un gran servicio a los objetivos de régimen. Mientras no se detenga esta satrapía, todo lo demás es su lógica derivación. Por eso vivimos la noche de Venezuela.

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