La distancia más larga: Poética de vida y muerte

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Por Luis Bond / @luisbond009

En los últimos años -para la dicha de muchos- el cine venezolano se ha alejado un poco de la temática social que siempre estaba presente en sus historias, dando paso a otro tipo de películas con tópicos más variados. De esta forma, cambiamos a los malandros del drama social por comedias superficiales, melodramas de novelas o exploramos otros géneros que nos eran desconocidos hasta hace poco.

Con resultados disímiles, estas incursiones siempre habían tenido algo en común: la gran mayoría se desarrolla en nuestra caótica metrópolis. Dejando a un lado el cine bucólico que nos traen de Mérida, los films de época o casos aislados del cine venezolano contemporáneo como El regreso o Cenizas eternas, pareciera que nuestro país -que tantas bellezas naturales tiene- se negara a ser retratado en todo su esplendor en la gran pantalla.

Rompiendo con este axioma, y después de haber cosechado varios premios en festivales internacionales, llega a nuestra cartelera La distancia más larga, la ópera prima de Claudia Pinto Emperador. Una película que logra retratar La Gran Sabana como nunca antes se había hecho a través de una historia conmovedora, llena de poesía y sutileza, transformándose -sin lugar a dudas- en uno de los mejores debuts cinematográficos de la filmografía nacional.

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La historia comienza en nuestra caótica Caracas, llena de tráfico y contratiempos, en ella conocemos a Sara (Malena González) y Julio (Iván Tamayo), un matrimonio fracturado cuyas consecuencias sufre su pequeño hijo Lucas (Omar Moya). Después de un traumático evento, el pequeño Lucas decide dejar atrás la ciudad, escapándose de su padre y emprendiendo un viaje a La Gran Sabana para conocer a su abuela (que viajó desde España sin avisarle a nadie y que nunca ha podido conocer). En el proceso, Lucas se encuentra por accidente a Kayemó (Alec Whaite), un joven con un pasado violento que busca viajar a La Gran Sabana para comenzar desde cero y que ayudará al pequeño en su viaje.

En paralelo, conocemos a Marthina (Carme Elías), una señora con un pasado enigmático, una relación difícil con su hija y que desea visitar el Roraima para reencontrase a sí misma. De esta manera, abuela y nieto -sin conocerse- emprenden un viaje por razones muy diferentes, pero descubriendo cosas que tienen en común y por caminos que terminarán uniéndolos como jamás pensaron.

La distancia más larga logra retratar con una poesía encomiable no sólo el espacio físico de La Gran Sabana, si no el mundo interior de sus personajes principales, haciendo que la película sea sutil desde sus planos en la agitada Caracas hasta el último encuadre en el Roraima.

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En ella coinciden las dos caras del país: la violenta y la hermosa, la hostilidad del venezolano y su amabilidad. En esta danza entre polaridades a veces peca de ingenua, pero su tratamiento visual nos hipnotiza dejando a un lado las dudas que su planteamiento nos pueda causar. Aunque su argumento no es el más verosímil del mundo, la cámara de Pinto nos vende tan bien la historia que perdonamos las casualidades de las que a veces abusa y las incongruencias de ciertas situaciones de la trama. A pesar de esto, La distancia más larga, es una historia redonda, intimísima, llena de silencios y omisiones, donde podemos leer entre líneas los que sucede (sin caer en lo críptico o lo intenso).

Gran parte de su cohesión narrativa se debe a la edición, que une con sutileza un díptico que parece disímil y que hace que dos historias muy diferentes dialoguen hasta transformarse en una sola. De esta manera, La distancia más larga demuestra que se puede tener el sabor local de una historia venezolana sin por eso perder la universalidad de la misma, algo que nuestro cine urobórico debe aprender si desea trascender nuestras fronteras. Un film que te reconcilia con lo bonito del país -y la vida-, a pesar de las cosas malas que ocurren. Sin lugar a dudas, la gran película del 2014 y del cine venezolano contemporáneo.

http://www.dailymotion.com/video/x254cuh

Lo mejor: los primeros minutos te atrapan. La fotografía en la Gran Sabana es espectacular: ningún otro film había captado con tanto cuidado la belleza del lugar. La dupla de Alec Whaite con Omar Moya, su carisma se roba el show. La banda sonora.

Lo malo: comienza muy bien, a la mitad la cinta pierde fuerza dramática al dejarse seducir por la belleza del paisaje, pero hacía el final recupera el ritmo. Algunos diálogos le restan poesía a la puesta en escena (que, por momentos, debería ser casi muda).

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