Gabo: sólo escribiré de ti si lo pides

Tuve el privilegio de conocer a Gabriel García Márquez -de indirecto modo- gracias a mi hermano del alma, Angel Rivero Catirito quien descubrió a su hermano Gustavo  en el mismo edificio donde vivían en Caracas y una amistad de años me permitió compartir con el Nobel en muchas ocasiones.

Padrino de mi hija, Gustavo –quien estuvo de cónsul en Barquisimeto– también escribía pero lo avasallaba la fama del hermano. Al Nobel le gustaba hablar de boleros y conocía las letras y los nombres de los autores de los más renombrados desde los años 40.

Recorriendo las calles de Cartagena, escuché de Gabo anécdotas inéditas de El amor en los tiempos del cólera cuando la novela apenas entraba en la editorial y me mostró en paseo inolvidable la casa donde el doctor Juvenal Urbino vivió con Fermina Daza, el colegio donde ella recibió la primera carta de amor y los callejones por donde Florentino Ariza paseaba sus pasiones.

No quería que Gabo se sintiera incómodo en compañía de un periodista y le dije preferir su amistad a romper la privacidad que quería. “Sólo escribiré de ti cuando me lo pidas”. Así ocurrió en dos oportunidades.

Estuve con él cuando su accidente en La Costanera y me pidió informar el percance. “No quiero a la prensa amarillista hacer fiesta con la noticia”, me dijo. Aquella noche sólo conseguí de guardia en El Nacional al fallecido colega Víctor Manuel Reinoso, quien al principio dudó de mi información. Después se convenció y dio el tubazo.

La segunda cuando arribó a Caracas para la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez y entró por la rampa 4 en el avión de María Di Mase. Como su llegada no sería reseñada pidió a Gustavo contarme su ingreso al país y lo escribí para El Nacional, crónica publicada con las peripecias de aquella noche de su llegada. Ninguno de los pasajeros tenía dinero ni plástico y cuando se acercaron a alquilar un carro, el dependiente se negó.

Soy la dueña de ese avión, le dijo la Di Mase y el chico le pidió los documentos que no cargaba.

Alquílamelo a mí, soy Gabriel García Márquez. Yo respondo.

No juegue, respondió el muchacho. Y yo soy Vargas Llosa.

Jaime, otro hermano, llamó a Gustavo con unos “mediecitos” que por suerte cargaba y los buscó.

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