Escuchar el Tic-Tac

Crédito de imágenes: EFE
Charlie

Por Macky Arenas / @MackyArenas

El debate que ha surgido en torno a las libertades, luego del atentado contra el semanario francés, no solo es pertinente sino que llega con retardo. Plumas muy bien afincadas han salido a la palestra para decir “soy” o “no soy” Charlie Hebdo. La identificación con las víctimas del abominable acto es la primera reacción de todo espíritu civilizado. No obstante, sin dejar de condenar el hecho, hay voces que se alzan para puntualizar algunas cuestiones de primer orden.

Decimos que el debate se centra en las libertades, no sólo en la de prensa, porque no es sólo la prensa la amenazada. Como bien precisó el filósofo y escritor francés Pascal Bruckner, “esta masacre a sangre fría es una nueva etapa de la guerra islámica radical contra las democracias occidentales”. Hoy es Charlie Hebdo, mañana pueden ser los religiosos, los científicos, los estudiantes o los intelectuales. Es inevitable recordar aquél pasaje de Bertold Brecht cuando describía la indiferencia de los distintos sectores de la sociedad alemana ante el avance del nazismo: se llevaron a los judíos, a los católicos, a los gitanos, a los… “cuándo no quedó nadie más, vinieron por mí”.

Eso está ocurriendo a Europa con este atentado y por ello más vale que comience el parpadeo que terminará por abrir los ojos de los indiferentes. No fueron atendidas las “alertas tempranas” de un radicalismo islámico que viene ganando espacios, amparado en la comodidad de nuestras democracias, a costa de los derechos de otros en países que confunden “libertad, igualdad o fraternidad” con impunidad, atropello y chantaje. La frontera de la tolerancia es la protección que la ley ofrece a la convivencia civilizada.

Muchos hoy han vuelto la vista al discurso de Benedicto XVI en Regensburg. Fue una lección magistral donde criticaba desde dentro la razón moderna que margina a las religiones entre las subculturas. Denunció el uso de la violencia y del fanatismo que se aprovechan del nombre de Dios. ¿Cuántos no corearon, en nombre de la libertad y la tolerancia, a quienes satanizaron esas alarmas? De la misma manera han estado muy ocupados en retirar crucifijos de escuelas y promover leyes pro-aborto y anti-familia, en lugar de fortalecer sus raíces cristianas, que son el pivote sobre el cual Occidente se mantiene en pie.

El drama de los cristianos y otras minorías religiosas perseguidas con ferocidad en Asia y Africa no motivó, ni siquiera al irreverente Charlie Hebdo, a colocar una caricaturesca portada que dijera “Soy cristiano irakí” cuando las horrendas crucifixiones espantaban al mundo. Aunque no fuera sino para defender los derechos humanos de seres indefensos, salvajemente pisoteados por el extremismo.

Ninguno tomó un cartel para proclamar “Yo soy ese bebé que acaban de abortar”, aunque no fuera sino para llamar la atención acerca de una degollina que se ha llevado más vidas inocentes que muchas guerras. Boko Haram acaba de asesinar a dos mil personas en Nigeria, pero nadie saca un cartel en que se lea: “Yo soy víctima de Boko”. Puedo imaginar a más de uno, aburrido de escuchar los llamados de los líderes religiosos de Abuya o Mosul, desde iglesias en ruinas, advirtiendo a Occidente que les llegaría la hora. Por eso decimos que el debate llega con retardo.

No obstante, ese mismo debate es señal de que el mundo civilizado tal vez haya logrado, después de todo, desarrollar autodefensas que lo inmunicen contra el fanatismo que parece crecer como la bora, curiosamente en pleno tiempo en que las tecnologías debían derribar barreras y favorecer una clara y serena conciencia de los peligros que nos acechan. Lo que debemos procurar ahora es que esas defensas se activen para escuchar el tic-tac, antes de que la bomba nos estalle en la cara.–

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