El llamado de la Santa Sede

Crédito de imágenes: Corbis
vaticano

Por Macky Arenas / @MackyArenas

El llamado lo lanzó mons. Silvano Maria Tomassi, observador permanente ante la ONU en Ginebra, durante la 28a sesión del Consejo de Derechos Humanos. Lo que se pide es “una moratoria global sobre el uso de la pena de muerte”.

La posibilidad de disponer de la vida humana alienta a quienes –fuera del Estado- quieren tomar la Justicia por sus manos, especialmente aquellos, bien sea regímenes, gobernantes y movimientos violentos o abiertamente terroristas, para los cuales la vida de las personas carece totalmente de importancia.

El papa Juan Pablo II, en intervención ante el Cuerpo Diplomático en el ano 2001, decía: “El siglo XX pasará a la historia como el siglo que ha visto las mayores conquistas de la ciencia y de la técnica, pero también como el siglo en el que la vida humana ha sido menospreciada de la manera más brutal”. Y en intervención ante el embajador de Corea en el 2003, recalcaba: “Fiel al mandamiento de Cristo, la iglesia Católica anuncia el Evangelio de la Vida… Se difunde una mentalidad inspirada por el solo pragmatismo, la cual justifica y alienta las manipulaciones genéticas hasta las más desprovistas de escrúpulos, así como, siempre y todavía, la pena de muerte. Frente a estas graves amenazas contra la vida, la iglesia siente que es su deber recordar los valores en los que cree, valores que constituyen el patrimonio de la humanidad, porque están inscritos por Dios, a través del derechos natural, en el corazón de cada hombre”.

En base a lo afirmado por el papa Juan Pablo II en la «Evangelium Vitae», resulta ineludible reconocer que es cada vez más evidente la existencia de otros medios distintos a la pena de muerte «para defender las vidas humanas del agresor y para proteger el orden público y la seguridad». El papa Francisco también ha recordado la «posibilidad del error judicial y el uso que hacen de él los regímenes totalitarios y dictatoriales, como instrumento de supresión de la disidencia política o de persecución de las minorías religiosas y culturales».

La iglesia es la organización emblema en la defensa de la vida. Levanta su voz en favor de los perseguidos por la violencia, de quienes son víctimas del hambre, de la institución familiar como generadora y vigilante de la vida, de los que sufren enfermedades, epidemias o pandemias en el mundo, de aquellos que deben vagar sin destino huyendo del terror.

La iglesia denuncia la proliferación descontrolada del tráfico de armas y se hace oír alertando acerca de la grave situación ambiental que amenaza la vida en el planeta. Por lo tanto, suprimir la vida humana no puede seguir siendo prerrogativa de Estados que se definen como democráticos, custodios de la libertad. El ser humano y sus instituciones deben ser capaces de generar y mantener sanciones y castigos que no dispongan de la vida humana.

En su intervención ante la ONU, Mons. Tomasi subrayó igualmente el hecho de que «no resulta ningún efecto positivo de la aplicación de la pena de muerte y que la irreversibilidad de esta pena no permite eventuales correcciones en caso de errores judiciales». Además exhortó a «mejorar las condiciones de detención, con el objetivo de garantizar el respeto de la dignidad humana de las personas privadas de su libertad».

Los señalamientos de Mons Tomasi en la ONU cumplen con dar testimonio de presencia del Evangelio de Jesucristo en esos escenarios.-

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