Discurso verde para una muerte gris (o viceversa)

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Por José Carvajal / @caracasapie

I

Primero un asunto de lenguaje: la tala de un árbol, en sí mismo, no constituye ecocidio. La palabra extrañamente no está en el diccionario, es un neologismo, cuyo equivalente humano sería el genocidio (que sí está en el diccionario: “1. m. Exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”). Equivaldría la calificación de asesinato cuando eliminan un árbol. La matanza (tala) de muchos árboles reunidos (un pequeño bosque, por ejemplo), sí que equivaldría a ecocidio por el impacto, en este caso ambiental, que con seguridad localmente genera ese exterminio. Podrán resarcir daños, pero los muertos, muertos están.

Esto no quiere decir que el asesinato de un árbol no comporte un gran problema y un impacto puntual en el lugar: a una amiga le podaron (mutilaron) brutalmente un jabillo al lado de su edificio y la temperatura dentro de su apartamento, automáticamente, subió tres grados. También desaparecieron las guacamayas que venían a comerse los frutos verdes de este árbol generoso en sombra. Y los pajaritos, confundidos, buscan ahora en su ventana explicaciones a ese vacío. El vendedor de quesos que se apostaba debajo huyó buscando sombra lejos de allí.

Por otra parte: si entendemos la ciudad como un gran ecosistema (¡lo es!), sí que deberíamos asumir la tala de un árbol aquí (por una obra pública local), otro bastante más allá (porque un vecino está enloquecido con las hojas que tapan la canal en su techo), otros más escondidos (porque un privado desarrolla un proyecto inmobiliario “encapillao”), junto a varios cientos en el borde de una autopista (obra y gracia de un ministro y un gobierno) sí que constituyen ecocidio. Y no queda dudas de que en este momento en Caracas hay uno en proceso.

Suena desmesurado gritar “ecocidio” ante el asesinato de un árbol, hacerlo en nombre de un malestar generalizado resulta pertinente y urgente.

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II

El ministro que hace de leñador en nombre de esa movilidad que privatiza un enorme porcentaje del espacio urbano (¡los carros!) prometió reponer ocho árboles por cada uno de los talados porque lo exige la ley (se supone que también es ley la veda de caobas según la Resolución No 217 del extinto Minamb de fecha 23/05/2006). Después de varios kilómetros de arrase (y los que faltan), la deuda crece exponencialmente. Quiero pensar que tenemos buenas reservas verdes para reponer. Pero pasemos de la discusión de la anacrónica y retrógrada política de “movilidad” centrada en los vehículos a motor (ambientalmente insostenible), y vayamos a asuntos relacionados con la reposición y trasplante de árboles. Veamos:

a) Si queremos que sea exitoso el trasplante de un árbol adulto (y no un show mediático), este debe hacerse rigurosamente. Trasplantar un árbol no es mudar de plaza un busto cualquiera con su pedestal. Es más complejo, más delicado. Con meses de anticipación debe hacerse una poda para reducir a la mitad su copa, pero sin dañar la corteza de sus ramas ni del tronco, cicatrizando sus heridas. Hay que trabajar sus raíces, con cortes casi quirúrgicos. Hay que cavar no tan cerca de este (un diámetro generoso), para no afectar las raíces principales, dejarle buena parte de la tierra en la que están hundidas sus raíces (cepellón). Es decir: es un trabajo que no admite la impaciencia y discrecionalidad de ingenieros y políticos. Se debe hacer con comprensión de lo que nos jugamos a futuro.

b) Hay que tener claro que, como las tortuguitas que presurosas buscan llegar a la orilla de la playa al apenas nacer bajo el fuego cruzado de las aves marinas, plantar es una operación en la que sólo un porcentaje triunfa. En general los árboles plantados tienen bastante más éxito que los galápagos. Según el lugar donde se planten puede haber desde un alto 90% de éxito hasta por debajo de 50%. Pero no sólo depende del trasplante sino también de la sistematización de los cuidados posteriores.

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Plantar en zonas naturales, con buenas fuentes de agua y nutrientes, es un tiro al piso. Hacerlo en ciudades, ya no tanto. Ni se diga de las probabilidades de éxito de los trasplantes, sobre todo si no se han realizado de forma cuidadosa. Las condiciones actuales de Caracas no son las mismas que las de hace 60 años, cuando aproximadamente fueron sembrados muchos de los grandes ejemplares de caoba en Colinas de Bello Monte y en los bordes de nuestras autopistas. Hay más población (que puede infligir daño físico al árbol), más autos e industrias (que generan polución), más dificultades en el acceso al agua y poco presupuesto para protegerlos.

Hay una batalla por el suelo. Para ir hacia un modelo de ciudad sustentable (o “ecosocialista” si algunos prefieren llamarla así) deben generarse políticas para reducir drásticamente la presencia y el uso del vehículo a motor e incrementar las áreas verdes. Lo que estamos viendo es lo contrario.

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