Cecilia y las muchachas: Lo viejo y lo nuevo del cine

LUISBOND

Por Luis Bond / @luisbond009

El documental nunca ha sido el género favorito del público. Este tipo de largometrajes siempre se han comercializado de una forma bastante modesta -pocas copias, cines selectos- por dirigirse a un segmento reducido de los espectadores (la mayoría, gente con cierto nivel cultural para apreciar propuestas cinematográficas más intelectuales que emocionales). A pesar de esto, en los últimos años la cartelera venezolana ha tenido casos excepcionales como Tocar y luchar, Dudamel, El Yaque y, sin lugar a dudas, el éxito de taquilla Tiempos de dictadura. Con este buen precedente, no es descabellado pensar que alguien tomaría el riesgo de lanzar su documental a la cartelera. Así, llega Cecilia y las muchachas, dos medio metrajes de corte documental que exploran -desde perspectivas diferentes, pero no por eso antagónicas- la figura de la mujer venezolana en ciertos momentos de la historia.

La película comienza con la proyección de Cecilia Bergman Chaves. Una buena vida un documental de Alfredo Anzola cuyo hilo conductor es una larga entrevista a Cecilia Martínez (una señora de 100 años) donde cuenta su vida y demás anécdotas que sirven para armar una suerte de mosaico de la sociedad venezolana, la presencia de la mujer en ella y los medios de comunicación. En paralelo, aparecen fragmentos cortos de otras entrevistas de profesoras, alumnos y demás personal del Colegio Chaves -donde estudio Cecilia-, un recinto con 172 años de historia creado originalmente para que las mujeres pudiesen aprender a leer, escribir y demás oficios para ir labrando su independencia. Lastimosamente, el documental de Anzola se pierde en los primeros minutos por su carencia de hilo conductor entre el relato de Cecilia y los incisos para hablar del colegio Chaves, sumado a una estética bastante pobre (una iluminación nula, problemas en el registro del sonido, planos sin ningún tipo de atractivo), haciendo que en los primeros minutos de la película el espectador pierda por completo el interés en el relato. Anzola es un director de cine de vieja data y, más allá de querer hacer una relato con una puesta en escena sencilla, Cecilia Bergman Chaves. Una buena vida parece un trabajo universitario: planos donde podemos ver el hombro del camarógrafo, intervenciones del director a mitad de discurso en plan conversación -que no suman nada-, material de archivo de películas en inglés sin subtítulos, planos de apoyo repetidos y demás. Si Anzola quería contar un documental de manera sencilla o clásica, pecó en no cuidar los detalles y su propuesta parece más descuidada que pensada.

En la otra antípoda, después del largometraje de Anzola, comienza el medio metraje de Gabriela Gónzales: Las muchachas. El trabajo de la nueva realizadora es diametralmente opuesto su antecesora. De entrada, estéticamente hablando, la película es sumamente atractiva: a través de material de archivo, animaciones, entrevistas y demás recursos cinematográficos González se pasea por la vida de varias sexagenarias que en su juventud formaron parte de la UMV y que ayudaron activamente en la rebelión en contra del dictador Marcos Pérez Jimenez. González no se limita sólo a entrevistar a su abuela -que fue protagonista activa dentro del movimiento-, también consigue a otras luchadoras y cada una cuenta cómo, desde su trinchera y sin olvidar su lado femenino, colaboraron activamente con la conspiración. González lleva a cabo el registro de las entrevistas en un espacio físico lleno de detalles que definen la personalidad de cada heroína. A todo esto se suma el recurso de la dramatización, la utilización de fotografías de la época intervenidas y un trabajo gráfico bastante fresco al estilo de Mariana Rondón en Postales de Leningrado. Toda esta mezcla de recursos se ve potenciada por un montaje bastante dinámico, un hilo narrativo claro y contundente, material de archivo de lugares que la cineasta vuelve a visitar en la actualidad con Las muchachas -ya no tan muchachas. González entiende que un documental no tiene porqué ser algo simple a nivel estético y convierte una historia interesante en una experiencia cinematográfica placentera -lo que suma muchísimos puntos a su película.

Nunca he sido fanático de los experimentos cinematográficos donde varios realizadores comparten pantalla por separado: siempre alguien sale con los platos rotos en la cabeza. Este es el caso de Las muchachas que, a pesar de ser la mejor, se llevó la peor partida. Lastimosamente, la película de Anzola comienza la función haciendo que la gente huya de la proyección (en mi caso, habían 10 personas en la sala y después de 15 minutos yo era el único que quedaba, a otro amigo le paso exactamente lo mismo). Por esto, no es de extrañarse que Las muchachas pase por debajo de la mesa en pantalla, lo cual es una verdadera pena. Tanto por la historia que nos cuenta como por su estética y calidad, la película de González no tiene nada que envidiarle a Tiempos de dictadura. Una vez más, los nuevos realizadores demuestran que llevan la batuta en la actualización y renovación del lenguaje cinematográfico de nuestro país. Sólo queda esperar que Las muchachas se proyecte en solitario o que la gente tenga paciencia con la película que la precede para que no se pierdan de uno de los mejores documentales contemporáneos.

Lo mejor: Las muchachas. Más allá de lo llamativo del tema que plantean, su puesta en escena es estéticamente interesante: juegan con material de archivo, entrevistas, animaciones, dramatizaciones, gráficas y demás. De lo mejor del género documental en la actualidad.

Lo malo: Cecilia Bergman Chaves. Una buena vida. La poca calidad de su registro, tanto en el campo visual como auditivo está lleno de deficiencias. Su hilo narrativo que divaga entre la vida de la señora Cecilia, el colegio Chaves y demás anécdotas personales diluyéndose por completo.

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